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La capilla de San Álvaro

Pedro Morales, quilates de poesía popular

Quizá algún día, ya lejano, viésemos la Semana Santa como una gran novedad, como la revelación de un rito que se iba pegando a la piel, al afán de trascendencia, al oído, al olfato y a la vista, y que nos daba el presentimiento de que iba a condicionar una parte de la vida. Pero eso fue en la infancia, y en esos días la frontera entre la realidad y la fantasía tiene la inconsistencia brumosa y difícil de un ensueño. Desde entonces, y cada año que pasa un poco más, y así hasta que Dios quiera, al acercarnos a una cofradía somos sobre todo memoria, costumbre. No aquello que se ha recibido como la rutina que se impone y se acepta sin pensar, sino tradición activa que se asume con conciencia, se hace propia y se revive cuando pasa y también cuando se recuerda.

Lo aprendimos de jóvenes, y ahora ya no se olvida, y cuando algo sucede, el corazón es capaz de adelantar el rito, escrito con la certidumbre de una catarata de gozos. Sucede en el momento en que el martillo hace subir el paso, y entonces el corazón empieza a imaginarse los flecos de las caídas que saltan y caen, las flores que bailan en el breve vuelo hasta posarse en su quieta inestabilidad, los varales que se quedan congelados un momento a la espera de tomar el compás preciso. En la memoria suenan unos cuantos instantes de granadera, cada vez menos en estos tiempos de ansiedad y afán de perfección de vídeo. La cera rizada del palio alegre tiembla y ya cantan las cornetas, que evocan la alegría, pero no callan a los clarinetes ni a las maderas. Pronto se escucharán en primer plano, ofreciendo una melodía de apariencia sencilla, pero pulida como un verso de pocas sílabas que tiene que medir las letras para hacerse notar a la primera.

A Pedro Morales, que acaba de cruzar el umbral de una eternidad que se ganó en la tierra ayudando a muchos a rezar en Semana Santa con el aire imprescindible de su música, le han llorado sobre todo, y quizá sólo ellos, los cofrades, porque ellos mejor que nadie saben que sus obras cimentaron una buena parte del ser en la calle de las cofradías que conocieron y amaron. La de sus marchas alegres es la Semana Santa popular y sencilla de las hermandades de bulla que casi siempre tuvieron claro que su alegría no era la de una fiesta celebrativa, sino la de una esperanza contenida. ¿Un artesano? Quién sabe dónde está la frontera, pero sí que fue un autor siempre tocado por la gracia, como un metro de poesía popular brilla a veces con los quilates purísimos de lo preciso y lo hondo. Por eso en estos días me vienen a la memoria la Virgen de la Merced ganando metros camino de su barrio, la candelería ya gastada y bella, con Virgen de los Negritos, y también, todos los años, a la Candelaria en Diario de Córdoba con la sutil y elegante disonancia de Virgen de Montserrat, y por supuesto la Esperanza con aquella marcha que le escribió como un romance popular y redondo. Cuando Antonio Varo le hizo en 2008 la entrevista que encabeza este artículo se debió de dar cuenta de que estaba hablando con una leyenda.

Quien hubiera pensado en una cofradía de barrio para la Estrella seguramente estaba prefigurando cómo este año avanzaba la Madre por calles de su barrio, nuevas para Ella, con Virgen de la Paz, que deja en el aire el triunfo de una fiesta grande y la pena de que se marcha para buscar la Catedral y no queda más que la melancolía en el recuerdo que flota en el trío. Tal vez aquí estuviera el mayor acierto de Pedro Morales: el haber perfeccionado, a base de inspiración, técnica y pellizco el canon de la marcha procesional brillante y, como otros hicieron con las túnicas de los nazarenos y la hechura de los palios, fijarla en el corazón de los cofrades para que la amaran para siempre como parte de su piel y de su tradición. Casi siempre directo a la emoción, fuera con trío cantarino y sutil o con la majestad espeluznante de sus contadas y excepcionales marchas fúnebres.

Llegará una nueva Semana Santa y en alguna esquina estará esperando quizá Señorita de Triana –«Volverán las oscuras golondrinas»- para consolar a una Virgen que llora ante una candelería recién encendida, pero el corazón, tan caprichoso, guardará en el cofrecito más precioso, como un azahar delicado que se arruga al cogerlo, aquello que no será otra vez o regresará ni se sabe cuándo: Esperanza Macarena al ver abrirse el cielo sobrecogedor y verde una tarde insólita de mayo, Amparo en un crepúsculo delicado de otoño y La Soledad, que se quedó –«esas no volverán»- prendida en una túnica de ayer.

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