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La capilla de San Álvaro

Pastores, por Joaquín de Velasco

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Por encima de cualquier otra consideración. Por encima de sus innegables valores sociales y culturales, por encima de la benéfica influencia sobre la economía local, las hermandades y cofradías son, irrenunciable y orgullosamente,  y aunque parezca pesarle a algunos, un movimiento de iglesia.

Ciertamente es un movimiento de iglesia que presenta algunas peculiaridades.  Éstas hacen que desde fuera, y en algún caso desde dentro de la propia iglesia, se les mire con cierto recelo. Hermanos, sí, pero hermanos menores. Bebés en algún caso.  Diferencias no ya en sus cultos internos o externos, que también. No solo en su gusto por una estética específica, por una manera de hacer las cosas “en cofrade”. Este movimiento de iglesia presenta sobre todo peculiaridades derivadas de su creciente tamaño y dispar composición. 

Por eso, y por ser  misión de las cofradías, además de la fundamental del culto divino, la catequesis plástica, es decir, la evangelización y el apostolado por medio de la representación, sirve  de bandera de enganche de multitud de  personas, que se acercan a ellas, y por tanto a la iglesia desde posiciones muy diversas. A través de una banda, de un costal, de un grupo joven, de una amistad colegial que ya viste la túnica nazarena, de un momento de empatía y reflexión interior al paso de una hermandad,  o porque ha sido educado en el seno de una familia cofrade y le corre por la sangre, caso este último menos frecuente de lo que sería de desear.

A partir de esa concurrencia por diversas vías debe existir un proceso de integración. De asimilación del hecho de que ser cofrade es ser iglesia. De formación, para lo que puede y debe utilizar el interesantísimo ejemplo simbólico de los atributos, enseres y titulares de la propia cofradía. Es por ello que el grado de exigencia formativa de los dirigentes de una cofradía es creciente. No obstante, quizás precisamente por su tamaño, el movimiento cofrade puede sentirse orgulloso de contar entre sus filas con personas de formación y compromiso notable, si bien ciertamente son los menos. Los menos, pero no en proporción distinta al de otros movimientos o grupos de fieles y feligreses,  o al de la sociedad en general de la que la cofradía es una muestra.

Pero este grupo de fieles en potencia que es la cofradía necesita además la dirección espiritual de un pastor. Un sacerdote que les anime espiritualmente. Les sitúe en el mismo nivel que otros movimientos o asociaciones de laicos que pueda haber en el templo. Les comprenda y les respete. Les otorgue la autonomía que históricamente han tenido, pero les corrija las desviaciones que puedan surgir. Les exija compromiso y colaboración, pero sea permisivo con la parafernalia, a veces molesta, que conlleva una cofradía. Para eso, el director espiritual debe conocer el movimiento cofrade, pues difícilmente podrá pastorear un rebaño si no distingue las ovejas.  Afortunadamente, la mayoría de sacerdotes que dirigen espiritualmente una cofradía conocen y aprecian su hermandad. La mayoría.

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