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La capilla de San Álvaro

Paseo de plata

SOLLa discusión alrededor de ciertas noticias frívolas suele ser irritante y a ratos pueril, una pérdida de tiempo en la que sólo caerán quienes tienen faltas de ortografía o demasiado tiempo libre, aunque muchas veces detrás de lo que parecen anécdotas para embrutecer a la gente hay un sustrato profundo y serio del que aprender. Ha pasado no hace mucho en Sevilla con esa rocambolesca historia de la chica que posó con la corneta y el casco de plumas de la banda del Sol, y que le costó el puesto al que se los prestó para que la inmortalizaran en pose de frescachona poligonera. Dice la veterana formación musical que la gravedad de la decisión se debe a que se cometió una falta de respeto al uniforme, al resto de componentes y a la historia de una formación con casi 40 años de vida y obras maestras como “Santa Marta” y “Bendición” en su discografía.

Una lectura apresurada diría que quizá la banda se habría tomado su propio uniforme demasiado en serio y que bastaba con un tirón de orejas tan público como la foto de marras para que el músico supiese que había pasado una línea roja. Quizá habría que hablar también de esa burbuja de bandas que ha crecido en todas partes, desde Cádiz hasta El Ferrol, casi ninguna con personalidad propia, y que responde tantas veces, dirán los más severos, a una necesidad de muchos jóvenes de tener el protagonismo efímero de la música y el vídeo en Internet antes que de un verdadero amor por la música o por las hermandades. Sí, quizá haya de todo eso en la decisión de la banda del Sol, que sin duda podrá escoger entre diez o veinte aspirantes con buenos pulmones para cubrir la baja del corneta caído en desgracia.
Yo mismo pensé que quizá se había incurrido en la falta venial de sacralizar el uniforme azul, pero después caí en la cuenta de que las cofradías me habían acostumbrado a trivializar la túnica, que esta sí que debería ser sagrada y espiritual, y sí habría que vestirla con una compostura sublime. No pasa un día de la Semana Santa en Córdoba, con lluvia o sin ella, en que no vea a nazarenos y nazarenas, jóvenes y mayores, camino de la iglesia con el cubrerrostro y el capirote en la mano y las canas o la melena al viento, seguramente sin haber leído la norma que les obliga a ir tapados, y tampoco pasan demasiados años, por desgracia, en que tengo que ver a gente en el bar con la túnica puesta o hasta paseando al perro para hacer tiempo.

OLas cofradías se guardan estos trapos sucios para sí, y hacen bien, pero tampoco me suena ver a un servidor de placa y traje negro ir a la tasca a pedir el nombre de quien se toma una cerveza con la túnica puesta y ponerlo de patitas en la calle, ni tampoco me constan demasiadas llamadas de atención en muchas cofradías a nazarenos que tienen que calmar la sed o que hasta se ponen de tertulia con la gente de la calle. Sí que es verdad que las hermandades de Córdoba tienen que cambiar la calidad y la espiritualidad por tener algo llenas las filas, magras en cantidad y actitud frente al crecimiento de las bandas, pero yo termino por considerar admirable esa determinación de la banda del Sol para hacer notar que su uniforme, sus símbolos y su historia no está para que nadie haga el tonto, que respetarlos es tener en consideración los valores comunes y el empeño de muchas noches de ensayos y que el reglamento que han aplicado no está sólo para pasearse en unas tapas de plata repujada.

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