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La capilla de San Álvaro

Palios y tablaos

La autonomía de Andalucía habrá tenido cosas buenas, no digo que no, pero entre las peores, y ahora no nos vamos a meter con el follón de los sindicatos y los ERE, está la imposición de un modelo de cultura oficial, tan falso en realidad como las fiestas de Jálogüin y Papá Noel, que crea tradiciones y tipismos inveterados donde en realidad no hay más que estándares institucionales. La Navidad que ahora se padece tiene una buena muestra en esos villancicos de coro rociero y acento imposible, con guitarras que casi nunca acompañaron a las canciones de Navidad y giros más bien ridículos que sin embargo se quieren vender como las canciones de siempre. Es el triunfo de una Andalucía aflamencada, que no flamenca, ni mucho menos, dulzona y domesticada, que en vez de forjar su creatividad a flor de piel deja que se la impongan con modelos externos.

Ese flamenquito inane y artificial, tan falso como las tiendas que manchan la Judería de Córdoba, también ha sembrado el mal entre las cofradías, que ya parece que no pueden andar sin marchas por peteneras, bulerías y otros palos ternarios que nunca encajaron en el paso regular de un misterio. La música y el arte evolucionan, nadie dice que no, pero por más que miro en el pasado apenas encuentro flamenco, fuera de los dejes de “Soleá, dame la mano” y las saetas desde “Amarguras” y “Cristo de Vera-Cruz” hasta los impagables monumentos de Gámez Laserna. Ni el mismísimo Farfán, tan heterodoxo e indómito, se atrevió a pensar que un palio tenía algo que ver con un tablao; hubo gente más atrevida, pero con la música y la ciencia por delante, desde José de la Vega a David Hurtado.

Poquita cosa más, y desde luego ninguna en cornetas y tambores ni agrupaciones, y no puedo decir que no sienta como mías ni andaluzas las pujantes melodías de Escámez ni los cantos litúrgicos adaptados en los años 80. A ninguno de aquellos pioneros se le ocurrieron ritmos imposibles, compases de silla de enea ni golpes de zapateado donde no pegaban.

Hace demasiado tiempo que, igual que pasa con esta Navidad falsa y turística de los coros rocieros, que quieren vender una Semana Santa aflamencada, con músicas que nunca se escucharon la fiesta, siempre entroncada en cierto romanticismo o alegría contenida, y que ahora se vende como lo propia e irrenunciable. Como pasa con la impostada y excesiva fe de los conversos, allí donde el flamenco es todavía más minoritario que en Andalucía se ha acogido con un fanatismo irredento, y así tiene uno a gente de la estepa manchega o de la rocosa y nevada León arrancándose por cosas que nunca se escucharon en Semana Santa, y que ellos, como no estaban aquí, tampoco oyeron.

Quizá sea la moda y termine pasando, pero lo malo es todo lo que se carga por el camino, como la excelente agrupación musical de la Estrella despreciada en unas cuantas cofradías por no plegarse a la estética del imperio o de una parte del imperio, que es la que forma más ruido. Me niego a creer que ninguno de esos engendros con nombres de refugios sea digno de atar la suela de los zapatos a obras de altísima espiritualidad creadora como esta de Antonio Moreno Pozo que acompaña al texto. No querría que dentro de treinta años haya un Patrimonio Musical rescatando lo que la gente de hoy no ha sabido escuchar. Lo peor de todo es la sensación de que el torrente de talento genial que representan los grandes autores se aprovecha a medias, o se queda en un margen, y que ellos pueden terminar por aburrirse y mandar a hacer puñetas a toda esta pandilla de horteras.

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