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La capilla de San Álvaro

Oración de Confianza

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La naturaleza y la física tienen contradicciones aparentes que enseñan que el movimiento no siempre se demuestra andando o que, para ser exactos, no siempre el que no para quieto va de camino a alguna parte. Los niños pequeños, y también algunos adultos, llegan a veces al final de días largos en estado de actividad febril. Parece que todavía tienen pilas, pero es al revés, porque es la aceleración del esfuerzo continuado la que hace imposible que el cuerpo se pare. A más cansancio y menos fuerzas, más nerviosismo que parece activo, pero que en realidad es la expresión del agotamiento. Si alguien ve que los intermitentes del coche se mueven con una frecuencia ligera, como si estuvieran programados para ir más rápido, ya puede ir volando al taller porque eso es síntoma de que la batería está a punto de irse, y conviene ir por la propia rueda antes que empujando.

Llevamos semanas de movimiento incansable e insólito en las hermandades, en las que existen y en las que quieren nacer y abrirse paso, y cualquier mirada simple juzgaría que este primer otoño todavía caluroso sería síntoma de un resurgimiento, una nueva edad dorada por contraposición a aquellas esperas de atonía de otras veces. Las profecías y los análisis mirando al futuro quedan bien para hacerse el listo, pero tienen el inconveniente de que quedan registradas y luego a lo mejor el tal porvenir, cuando llega, echa por tierra las brillanteces.

¿Es bueno o malo este ir y venir de noticias, de pasos que se suman, de hermandades que nacen, parece, con excelentes cimientos de los que nacerán buenos edificios? ¿Están las cofradías activas o cansadas, en plena forma o a punto de caer de pura fatiga? El recuerdo no deja de mostrar cortejos de pasos juntos, nazarenos caminando descubiertos a la iglesia, cofradías que se sostienen con poco y hermandades que apenas existen, y el recuerdo no se corresponde con el festival glamuroso de pasos bien puestos e imágenes exquisitamente vestidas. A esta hora de incertidumbre llega a la luz la nueva confraternidad del Cristo de la Confianza y habrá que fijarse más que nunca en su bellísima advocación para tenerla y no mirar al futuro con la angustia de lo que pasa hoy.

Como esos hijos que nacen en momento de guerras o de hambre y sus padres se preguntan a qué mundo los han traído, quizá el Señor, en su sabiduría, tenga algo pensado para esas hermandades que nacen, y de paso para las que tienen problemas y están sin que nadie se haga cargo. A este mundo con problemas llegan los jóvenes agrupados en torno al Cristo de la Confianza, que antes que salir sobre un paso, para lo que falta mucho, ha reunido en torno a sí algo no tan automático como tener una hermandad: un grupo de personas que rezan a sus pies sin necesidad de convocatorias de cultos ni papeletas de sitio. Ante la duda habrá que mirar el pasaje evangélico escrito a su vera y pensar que si Él ha querido tener una hermandad en estos años difíciles de cansancio activo, donde parece que no hay manos para todos, será por algo.

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