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La capilla de San Álvaro

«Nuestro Padre Jesús de la Sangre», la escuela cordobesa

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Si no estaba recién duchadito, se le había ido la mano con la gomina de esas que dan efecto de pelo mojado. Llevaba camisa de manga larga, impecable, aunque hacía bastante calor, y en la espera del paso, que en Córdoba puede ser cansina no por las bullas, sino por el ritmo lento de las hermandades, aleccionaba a su contertulio. «La hermandad del Císter, pese a su juventud, es una de las que tienen un patrimonio musical más rico de Córdoba, por cantidad y por variedad, con grandes maestros de varias épocas». Y al rato escuché como enumeraba «Ángeles del Císter», de Pedro Gámez Laserna; «Ángeles, Reina», de José de la Vega, «una marcha de gran originalidad y coherencia interna», y por último «La Sangre y la Gloria», de Alfonso Lozano, que «en poco más de un lustro ha conquistado por su pujanza y sonoridad una gran popularidad en toda Andalucía, llegando a sonar tras la Esperanza Macarena en la plaza de San Francisco». El gerundio de posterioridad, tan querido en las cofradías, es literal, que conste.

Llevaba razón este cofrade que entretenía la espera haciéndose el listo, pero se quedó corto. La cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Sangre tiene una relación de marchas tan excelentes que incluso sufre el «mal» (si es que lo es) de que algunas de sus piezas maestras eclipsen a otras, no tan cimeras, pero meritorias. Por eso todo el mundo conoce las que figuran en el primer párrafo, pero no se han parado a escuchar otras que serían las reinas del archivo musical de cualquier otra hermandad. El compositor Castro Contreras (1919-1997), cuya obra merece una mirada en profundidad para darle el valor que corresponde, escribió en 1979 «Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Desprecio del Pueblo». Eran los primeros años de una hermandad que había empezado a revolucionar a las cofradías con acciones muy innovadoras, con especial atención al guion procesional y que también quería tener música propia, cuando otras, igual que hoy, despreciaban abiertamente este aspecto. Formó parte del legendario disco de la desaparecida Banda Municipal de Córdoba y más tarde la grabó también el Carmen de Salteras.

La marcha se abre con una introducción fúnebre, que enseguida cambia de color con la aparición de las llamadas de los trombones, que caracterizan toda la pieza. Tiene personalidad propia, pero se nota la mano y la influencia del gran Enrique Báez, que la instrumentó y revisó. Desde ahí avanza una imaginativa melodía llevada por las maderas y que va ganando en color. Otro exquisito tema, en el que luego se basará el trío, da paso a una fanfarria basada en la marcha real de las cornetas, con rica ornamentación. La pieza, breve pero llena de enjundia termina con un trío de notable dulzura y dinamismo, primero, y de brillantez más adelante. Quizá al conocer esta marcha sea verdad que existe en Córdoba una pequeña escuela de compositores, con señas de identidad propias, con maestros que influyen y autores que primero siguen su senda y luego forjan personalidad propia, aunque en tantas partes siga la pelea por colar el patrimonio propio y no los estándares que estén de moda. Un tesoro en el que mirar tranquilamente, tras deslumbrarse con Gámez y Báez y seguir por Contreras, Cea, Melguizo y José Timoteo, entre otros. Una música de sabor cordobés para que al cerrar los ojos sepa uno en qué ciudad está. ¿O no suenan esta melodía seductora y la majestad de los trombones a Cristo de los Faroles, cal de Bailío, naranjos de la calle de la Feria o torre de la Catedral al fondo?

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