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La capilla de San Álvaro

Nazareno, por Joaquín de Velasco

 

Cubierto y en silencio,  un nazareno cualquiera, de una ciudad andaluza cualquiera, va camino de su templo, desde donde realizará su estación de penitencia. Probablemente no sea consciente de que forma parte de un “fenómeno antropológico”. Puede que  ni siquiera analice al detalle lo que su gesto tiene de cultural o de aliciente turístico. Algo nos hace pensar que, a lo sumo, a su acción eminentemente religiosa puede sumarse un poso de tradición.

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No aspira a un cargo, a una distinción. No necesita formar parte de una junta de gobierno o una comisión. Quizás ni siquiera pensó dejar su cirio por un puesto más lucido. El no usa su hermandad como trampolín de una escalada social. El usa su hermandad como instrumento de su fe. Aspira, también con cierto hedonismo, al gozo. Al gozo cofrade de acompañar un año más a la imagen de sus amores. De ser un privilegiado por rezarle muy de cerca. De sentir como se lleva a la práctica el mandato de tomar la Cruz para seguirle. De ver, oculto en su anonimato, cómo su Cristo al pasar  va conmoviendo los corazones que esperan en las aceras. El de esa chica. El del anciano. El de esos niños boquiabiertos que preguntan a su madre…

Probablemente el nazareno no lleve en su coche los últimos compactos de marchas procesionales, ni al llamar a su móvil suene “La Saeta”. Conoce al capataz sólo de haberlo visto igualando en el atrio.  Puede que tampoco sepa distinguir un bordado en cartulina, hojilla,  milanés… ni falta que le hace. Conoce al detalle el manto de su Virgen, de tantas veces como lo admiró mientras le rezaba, y recuerda cuando cierra los ojos los sones de aquella marcha que siempre le tocan a la salida en la plaza. No necesita mucho más. Sus pies nos dicen que él no va hacia su templo por una moda. Él va porque en su casa, sus mayores le explicaron en silencio, quizás solo con su ejemplo, la grandeza, la belleza, la poesía, la tradición, y sobre todo la espiritualidad que representa vestir la túnica de su hermandad.

Y por eso, porque lo heredó como se heredan unos ojos castaños, hoy lleva de la mano, con esclavina y roquete, al futuro de su hermandad.

 

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