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La capilla de San Álvaro

Manías de cofrade

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A Billy Wilder, aquel genio del cine que se lavaba los dientes con ácido sulfúrico y después lo escupía en la divertida amargura y en la agria risa de sus personajes y sus diálogos, le preguntaron una vez si de verdad le compensaba la incompetencia insufrible de Marilyn Monroe y su incapacidad para cualquier mínima disciplina. El autor de “El apartamento”, admirador y sufridor a partes iguales de su difícil diva, daba la razón a su forma: “Yo tengo una tía que sería capaz de venir puntual todos los días al rodaje y de aprenderse los diálogos. Pero nadie está interesado en ver a mi tía”.
Tengo todavía en los oídos el estruendo de las rasgaduras de los jerseis por el dispendio, dicen algunos, de los palios y de los bordados, y yo, como Wilder, también me imagino unas cofradías austeras hasta lo rácano, volcadas en lo social, incansables recaudadoras de dinero para los desfavorecidos y con mucho menos interés por el patrimonio que por la comida del próijmo. Pero, igual que él, tampoco me imagino a nadie en la calle para verlas.
Las cofradías son reflejo de la belleza del Amor con que Dios mueve el mundo, espejo de la juventud siempre pura de la Virgen María, catequesis que habla a través del arte, sagrario en que se guarda en estos días la tradición de símbolos que llenó las iglesias de creatividad, embriaguez primaveral en las calles, Cristo hablando a través de los sentidos, ofrecimiento de manos que salvan, catedrales de belleza que se mueven.
Nos gustan por la belleza mística de sus imágenes, por el oro de sagrario de los pasos, por la flor en su sitio, por la música que se eleva como una oración y tiene que sonar como debe, por el terciopelo y la malla bordada que dibuja en el aire el perfil de una perfección, por la certeza que da el saber que hasta para poner un pie delante de otro hay que saber hacerlo y dirigirlo. A heroicos grupos de cristianos toca atender a los que más sufren. A las cofradías toca que por su ingente actividad económica no haya muchos más y que quienes se acerquen disfruten en las calles la belleza del mundo y se acerquen a Quien lo creó.
Serán manías de cofrade, pero yo ya cuento las horas para ver venir por la calle de la Feria a la Candelaria con sus gloriosas alabanzas bordadas en oro y a la Virgen de la Paz envuelta en la poesía de plata de su palio nuevo y soy además tan fanático que creo que hay que felicitar a sus cofradías y felicitarse.

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