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La capilla de San Álvaro

Madrugó la Madrugada

Temprano madrugó la Madrugada en San Hipólito. Temprano se vistió la mañana luminosa de julio de oscura cera ardiendo. Temprano se calló la multitud ante la Buena Muerte de quién entregó la vida temporal confiado en la eterna. Temprano para Ricardo Gómez Porras, a quien cientos de personas despidieron ayer en la colegiata de San Hipólito a la que tantos años llegó cubierto de negro severo.

 

Hacía varios meses que el hermano mayor de la Buena Muerte venía ceñido con el esparto. No sólo el del glorioso hábito de su cofradía, en fila perfecta de cirios que suben y bajan, sino el muy doloroso y persistente de una enfermedad cruel que terminó por ganarle, aunque se aferrara a la vida y hasta última hora se acordase de los detalles y mostrase el carácter bondadoso con que siempre le recordaremos.
Se fue Ricardo y hasta la Reina de los Mártires se vistió de negro para decirle adiós y se motraba como consumida por la pena de dejar de verle. Como su familia, su desconsolada Junta de Gobierno, los antiguos hermanos mayores, decenas de cofrades y sus compañeros de trabajo. Quedaron las lágrimas en San Hipólito y para él desde ahora sólo habrá unas puertas de Catedral eterna que se abren mientras delicados instrumentos cantan “Salve Regina Martyrum”.

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