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La capilla de San Álvaro

Lo efímero y lo eterno

Nuestro Padre Jesús Nazareno de Fernán Núñez en la década de 1940. FOTO: ARCHIVO HERMANDAD

Ausente o presente, acaban de pasar días de música. Si en algún momento fue banda sonora que acompaña a lo que pasa en las calles y en los corazones, una concatenación de sonidos armónicos que podían no tener título para quien escuchaba pero sí emocionaban a veces, desde hace demasiado tiempo ha pasado a un primer plano que a veces eclipsa a todo lo demás. Por estar y por no estar. Acaban de salir a la calle en distintos lugares de la diócesis de Córdoba dos devociones de siglos y todavía se está hablando de que había música o de que no había, de los acordes que rompían el aire y de los que se echaban en falta.

Hasta no hace tanto, la música era importante pero no obsesionaba nadie. Aunque fuera la banda de los Bomberos de Málaga o la de Calíope, que fueron algunas veces con estas imágenes, casi la mitad de las chicotás eran a tambor sin que nadie se ofendiera, los costaleros no se sabían el título -aunque se tocaran Cristo del Amor, Soledad de San Pablo y El Corpus– y no había nada parecido a las crucetas ni a lugares emblemáticos en que siempre se tocaba la misma. No había directores de banda agobiados por las cofradías para empezar a tocar enseguida, no sea que la gente de abajo deje de disfrutar unos segundillos.

La música ahora identifica los vídeos de youtube, motiva a los que se calzan el costal para votar una cosa u otra, anima las copitas en las tabernas en que se quema incienso y evita un silencio incómodo que la gente aprovecharía para hablar y no prestar atención, porque se le ha acostumbrado a que mirar a un paso detenido, preguntarse por lo que tiene delante de la vista, trascender y no digamos rezar es algo innecesario en un espectáculo -espectáculo es una palabra clave- de coreografía en movimiento.

Quizá algún día pase esta época, como pasaron los años en que estas dos imágenes aparecen en fotografías antiguas. No hay cofrade que no se vaya primero al Señor o a la Virgen y admire la estampa inmutable, la silueta que identifica, el perfil que gusta. Luego está lo secundario: si el capataz ya llevaba el uniforme negro de hoy, las pocas flores que a lo mejor se habían recogido de huertas o jardines públicos y el atuendo de los que se afanaban en la procesión. Pasarán los años después de estos días en que se habla de música y quedará escrito entre líneas el amor con que se hacen las cosas, la devoción transmitida como una enseñanza sencilla que es mucho más ejemplo que palabra, el rostro que se ha anclado en las entrañas de muchos y al aparecerse despierta al tiempo dormido. La certeza de que hay cosas que son efímeras y volarán como la ceniza a la que se sopla y cosas que son eternas y no las barrerán ni la música ni su falta, aunque en su proporción justa sea imprescindible y perdurable.

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