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La capilla de San Álvaro

Llanto de la Magdalena

Misericordia

¿Puede la Semana Santa de Córdoba prescindir de la plaza de la Magdalena? Un par de generaciones de cofrades no pensaron nunca en ella como un lugar asociado a las hermandades. Sí, sabían que de allí salió la Misericordia en algunos de sus primeros años, que incluso en una capilla rapiñada, la del Sagrario, se veneró al Cristo, pero a partir de 1956, cuando la iglesia se cerró y la cofradía de los nazarenos blancos se estableció para siempre en San Pedro, la Semana Santa miraba a otros lugares. La carrera oficial seguía en el Centro, las cofradías que estaban más cerca apenas se acercaban y todo el mundo empezaba a mirar a la Catedral.

La plaza de la Magdalena era para entonces uno de tantos lugares desaprovechados en una ciudad que parecía llevar a gala que sus cada vez mejores cofradías tenían que pasar por calles anchas, repetidas o de escaparates. Seguro que muchos pensaron en ella al pasear en cualquier tarde de primavera, descansar en los bancos y reparar en la insólita armonía de casas bajas, en la paz cantada por el agua de la fuente, en el jardín como de miniatura entre el empedrado del suelo. En 1999 la hermandad de la Esperanza la atravesó ya de vuelta, camino de su casa de hermandad, y cruzó ante la vieja ermita del Santo Crucifijo, que tantos Jueves Santos, casi en la noche de los tiempos, vio salir al que hoy se llama Cristo del Amor con su cofradía. Pocos saben que allí estuvo un lugar de bullas en las Semanas Santas anteriores al decreto de Trevilla, cuando el Santo Sepulcro, por entonces con sede en el Carmen de Puerta Nueva, se detenía ante el convento de Santa Inés, del que hoy apenas quedan unos restos arqueológicos, y las monjas cantaban el «Miserere» gracias a una prestigiosa capilla con 18 voces e instrumentos de cuerda y viento.

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En este tiempo, la plaza de la Magdalena es un lugar de paso, uno de esos sitios para redescubrir Córdoba y para conocer una ciudad que el paseante sólo encuentra en Semana Santa cuando va de un sitio a otro, atrochando por Abéjar, por Duque de la Victoria, por Beatas y el bello dédalo de Santa Marta por el que un día la Virgen de los Dolores visitaría a las monjas jerónimas. Casi imposible parece disfrutar en la Magdalena a una cofradía, tanto como esas calles misteriosas de su barrio (Isabel II, Ancha de la Magdalena, Encarnación Agustina), inaccesibles o recónditas (plaza de las Tazas, Santa Inés, Costanillas), demasiado estrechas (Céspedes, Rey Heredia, Cabezas, San Eulogio, Candelaria, Tornillo), incomparables pero imposibles (la plaza de Jerónimo Páez por la que algún año pasó la Virgen de la Presentación) laberínticas como las que están entre Lineros y la Ribera o rivales de otras más poderosas, como el sugestivo eje por el compás de San Francisco, Huerto de San Pedro El Real y Hernando Colón por el que algunos años la Expiración volvía a San Pablo.

Con todo hubo algunas tardes en que volvió a oler a incienso por la vieja plaza, y no con devociones menores ni artificiales. En 2001 estuvo en la desacralizada iglesia el Cristo de Gracia, para la exposición de Crucificados mexicanos, y de allí salió el Miércoles de Ceniza para presidir en la Catedral uno de los Vía Crucis más arropados que se recuerdan, favorecido por la circunstancia de ser 28 de febrero. En octubre de 2004 llegó allí la Virgen de las Angustias para la exposición «Gratia Plena», por uno de esos caminos hermosos a través de Juan de Mesa y la calle de La Palma, y regresó una mañana de diciembre. Y allí volvió el Viernes de Dolores de 2012 el Cristo de la Misericordia, y pasó a su vieja iglesia, fría y sin vida después de tantas desgracias, perdido ya para siempre si retablo barroco de los espejos, para siempre reflejado en su cruz de guía. En el Vía Crucis Magno, el Señor de las Penas también la atravesó en un rodeo hermoso en aquellas horas inolvidables.

Desde entonces esperan la plaza y su iglesia gótica. En 2016 la incluyó el Rescatado en su camino a la Catedral para el Domingo de Ramos, pero la lluvia impidió la estampa. Cuando este 2017 pase por allí la Esperanza, y si alguna otra quiere algún día cambiar velocidad por belleza, quizá pese menos el gozo primaveral de ver a una hermandad en aquel lugar que el pesar por haber desperdiciado los rincones íntimos y antiguos de Córdoba en tantos años por Gondomar, Cruz Conde y hasta Ronda de los Tejares.

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