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La capilla de San Álvaro

Las raíces y los frutos de la Cruz

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Cruz de Mayo que Bodegas Campos instaló según los modelos originales

La fotografía digital y la difusión del escáner obraron el milagro de otorgar a las cofradías una memoria más allá del continuismo amodorrado o de la dictadura de un prioste con ínfulas. De pronto los archivos fotográficos comenzaron a pasar por la máquina prodigiosa, se conservaron en copias de seguridad y empezaron a dar vueltas por los ordenadores de todo el mundo, y hasta hubo quien se animó a buscar en el pasado raíces puras y frutos mejores que arrinconaran los viejos gladiolos de los 80 y la pesadez mimética de las mariquillas. Es más: hubo quien ni siquiera esperó a encontrar fotografías y se apresuró a husmear entre grabados y libros de arte, y los resultados están a la vista.

Las hermandades de Córdoba se encargan de sostener muchas Cruces de Mayo, en realidad casi todas, pero si en las cofradías brilla el ingenio desde una candelería hasta el dibujo de un paso, al llegar la fiesta del árbol santo, y quizá por el cansancio, nadie ha querido ser original, que no significa ponerla con los brazos irregulares ni con flores extrañas, sino volver al origen. La fiesta en torno al día de la Santa Cruz era en Córdoba una celebración vecinal (nada que ver con las asociaciones politizadas), nacida del mismo tronco que los aclamados patios. Los vecinos engalanaban su recinto común de tiestos y macetas y en el centro, la cruz, pequeña y modesta.

Se adornaba con flores sencillas, casi siempre silvestres, que se recogían en las huertas o en el campo, y la gente arreglaba la cruz con ese aire popular que dio frutos más hermosos que los de cualquier lápiz iluminado. No hace tanto, Bodegas Campos, con el sabio consejo de Pablo García Baena, recuperó este origen primordial de la cruz en uno de sus patios, y el tamaño no desmerecía a ningún gigante de claveles rojos. El cuadro costumbrista que ilustra este texto, y que conocí a través de un anuncio de la sevillana hermandad de Nuestra Señora del Valle muestra a las claras la fuente sencilla y popular de flores variadas y fragantes, porque entonces las flores olían, aunque las que ahora se ponen en los pasos sean asépticas.

La cruz debía tener un sudario, porque si se le celebraba en el centro del patio era porque de ella había bajado el cuerpo de Cristo, que había redimido a la Humanidad con su muerte, y había dejado de ser castigo infamante de esclavos para ser signo de la salvación. El sudario era el testigo y no podía faltar. Con el tiempo, al llegar la II República, la cruz salió como signo de laicismo y quedaron los patios, y así las dos fiestas que fueron una, y en el mismo mes, anduvieron caminos separados y con desigual fortuna: mientras los patios se hicieron universales, la cruz no pasó de una fiesta clónica de lo que se hace en Granada. A nadie se le ocurrió mirar a las raíces para encontrar el futuro, como había pasado en las hermandades.

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Nada que reprochar a quienes dieron forma a esta fiesta que ahora deja a las cofradías mucho trabajo y frutos económicos que lucen luego en sus pasos, casi siempre con impecable criterio estético. Pero ahora que está de moda mirar en los archivos no paro de echar de menos estas cruces pequeñas y populares, con flores silvestres y un sudario, porque la cruz para un cristiano es el árbol del que han bajado a Cristo, y no un pretexto para tirar cervezas. Porque si buenos son los frutos que dejan las cajas de estos días, ganadas con tanto sudor desinteresado, mejores fueron los que se recogieron de aquel árbol clavado en el Calvario.

 

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