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La capilla de San Álvaro

Las preguntas del Silencio

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El que de verdad crea no puede hablar de casualidades ni rachas de fortuna. Quizá la mano de Dios sea sutil y escurridiza de ver en ocasiones, pero siempre deja la firma para quien se pregunta por qué pasan las cosas. La firma de Dios se llama Providencia y al descubrirla es como una luz que disipa tinieblas y da color y sentido a lo que no eran más que sombras. La Divina Providencia, dijo Alberto Villar, era la que había querido que Córdoba se asomase al abismo del Cristo de la Universidad ya en aquella primera mañana de primavera en que ni siquiera estaba bendecido. Pero Dios había querido que viniera, y con Él la controversia, el escándalo para unos y la necedad para otros, la reflexión y el asombro, la sangre y el dolor con que se pagó la redención de los seres humanos.

Para entonces hacía veinte años en que la Providencia había querido que la ciudad recibiese a otra de sus joyas contemporáneas, y Dios había querido escribir con renglones torcidos para que llegase al Cerro. No hay que quedarse en la admiración ni en pensar en la firma de escultor que faltaba: Nuestro Padre Jesús del Silencio en el Desprecio de Herodes hizo un camino largo y tortuoso, lleno de dolor y de zonas oscuras, para que cualquier Domingo de Ramos, o quizá mejor en una tarde como esta de sábado, el cristiano cofrade lo mire y piense mucho, porque este noviembre de atardeceres dulces y frío sobrevenido, eco de una maternal devoción siempre cercana, invita a recogerse y mirar dentro.

Es en el momento en que se adivina el perfil abatido, la boca más cerrada que nunca, pero también los ojos de tristeza más por los humanos que por el miedo pasado y por el dolor que se avecina. Quizá este Señor del Silencio tenga algo que contar sin palabras a los cristianos de hoy, que a veces no consiguen que se les oiga aunque chillen y otras veces tienen que callar porque de verdad piensan que será mejor que les tomen por locos o introvertidos a que se tomen a chufla las verdades en las que creen. Con la túnica morada o con la oprobiosa blanca del Domingo de Ramos, habrá que buscar, por Beato Henares o por la plaza de Santa Teresa, quizá en la melancolía del cantar del Guadalquivir cruzando el Puente Romano, a este Cautivo, siempre de mirada perdida en los fieles que lo esperan en la calle, y preguntarle por el papel de los cristianos cofrades en la vida de hoy, cuando el mundo ha preferido entregarse a los lujos absurdos y la decadencia en que vivía aquel que le preguntaba cosas absurdas y al que Jesús ni siquiera juzgó digno de entregarle la majestad de su palabra para contradecir sus estupideces.

Ahora que no es Domingo de Ramos, ni hay trajes nuevos ni calles llenas, al encontrar al Señor del Silencio habrá que callar como Él, desnudar el alma y escuchar, que Dios habla sin abrir la boca y si quiso que su imagen llegara a Córdoba, tras aquel Vía Crucis de problemas y negativas, era para encontrarlo en tardes así. Es la hora en que ya están reducidos los cristianos a un grupo pequeño que no sabe si callar como Él no habló ante un interlocutor incapaz de entender, chillar en mundo hostil o mirar a las manos del Señor y pensar en el bien que harían esos músculos tensos si un día rompieran la cuerda y estuvieran libres, como están las de quienes lo miran, aunque ni lo sepan.

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