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La capilla de San Álvaro

Las cosas de Dios

Tiempo habrá para el gozo incontenible que estalla en el corazón al ver a un nazareno o para la Esperanza que adelanta su alegría porque conoce entre lágrimas la certidumbre de la Resurrección. Ahora es Cuaresma y la luz es menos un regalo que una tentación de abandonarse a la contemplación despreocupada del mundo. De la llamada a la conversión con que la ceniza deja su señal de caducidad cierta se puede hacer un aldabonazo al corazón o dejarla como un rito vacío, como una mancha parda en la frente.

 

Se empieza así y las cofradías y la misma Cuaresma terminan siendo un juego de la oca donde uno pasa de concierto en besapiés, de quinario en revista y de besamanos en ensayo de costaleros como si no tuviesen otro sentido que el juego, pero todos ellos bien entendidos acercan a Dios y mueven a la conversión.

Seguro que “O Redemptor”, la última marcha de Antonio Moreno Pozo para la banda de la Estrella no estará al día de hoy en decenas de teléfonos móviles ni la pedirán en los conciertos los fanáticos del solo trompetero con sabor a copla posmoderna. “O Redemptor” no sirve para andar con cambios. No es de las que se pegan al oído a la primera, pero termina por encajarse en el corazón y entenderse.

Las trompetas y los trombones tienen la tristeza de un Cristo de manos atadas entre ambiciones de hombres y con la queja imprevisible de las cornetas componen un paisaje de música sonora que bien mirado no deja de ser un aria conmovedora de Bach vista con ojos andaluces, una oración de cofrade que ha visto los ojos apesadumbrados de Cristo. Habrá a quien le parezca triste, pero siempre será mejor que tomarse a juego la música y las cosas de Dios.

 

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