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La capilla de San Álvaro

La túnica de aquel trueno

Por Joaquín de Velasco

La estación de penitencia no empezó al abrirse las puertas del templo, sino horas antes, al iniciar el ritual de vestir la túnica de la cofradía. Su simple presencia en el dormitorio, amorosamente planchada, ya venía anunciando la inminencia del esperado momento. Colocarse el hábito nazareno era un instante de meditación y recuerdos, no exento de cierta coquetería torera. En silencio y por el camino más corto, caminó hacia el templo entre el bullicio expectante de niños y mayores ajenos a la presencia del nazareno. Allí musitó una oración ante los pasos y recontó mentalmente las ausencias. Faltaba alguna túnica, que ya nunca volvería a la espera en el patio de la iglesia, ni formaría en los últimos tramos de Virgen. Esa túnica, pensó, ahora viste y acredita a su propietario en el encuentro definitivo con el Creador.
En la calle mil veces inició en silencio un rezo que no llegó a concluir. Revestido de la invisibilidad que el hábito nazareno le proporcionaba, pensó en su vida. En cómo sus muchos errores le apartaban del camino junto a Jesús. En cómo, no obstante, la infinita Misericordia de Él le perdonaba una y otra vez.
Quizás el pensamiento le durara lo que la túnica puesta, pero en ese momento se arrepintió, y pensó que a la llamada de las campanas no podría llevar alamares, sedas ni oros. Llevaría la pesada carga de sus culpas, pero envueltas en su túnica. Era la única manera en que Guido podría apelar una vez más al perdón.


Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
—¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno.
Hoy nos dice la campana
que han de llevarse mañana
al buen don Guido, muy serio,
camino del cementerio.

Fragmento de “Llanto de las virtudes y coplas
por la muerte de Don Guido”, de Antonio Machado

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