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La capilla de San Álvaro

La túnica como fe de la piel

Los mejores atributos son los que alguien dice sin pensar en lo que está definiendo. Con todo lo que he pensado acerca de la túnica, ahora más amada que nunca por haberla perdido, el otro día encontré una frase que me descubrió una dimensión nueva y me la hizo todavía más grande. No sé si Karen Armstrong, historiadora de las Religiones entrevistada por la revista Mercurio, conocerá el ritual de meterse en esa segunda piel, pero sus palabras sí que explicaron con transparencia la trascendencia de vestir el hábito nazareno. «La religión siempre ha estado acompañada del ritual, de la acción de aprender a través del cuerpo: cuando los hinduistas unen las manos o cuando un musulmán se pone en dirección a La Meca para rezar y se inclina, es una expresión corporal, el cuerpo enseña más allá de lo racional lo que significa someterse a Dios, en lugar de estar erguidos y mirar hacia uno mismo. Es necesario no solo leer las Escrituras, sino hacer lo que dicen».

Dio en el clavo: el cofrade aprende por el cuerpo, por el momento en que un adulto le ayuda a enfundarse en la túnica, le ciñe el cíngulo, por el momento en que, ya algo crecido, se cala el cubrerrostro, busca el acomodo de los ojos y –«Silencioso es el rito, no aprendido, sino heredado, yéndole en la sangre»- se lleva la mano a la cara para sujetarlo. Muchos no sabrán expresarlo con palabras, pero en el momento en que pisan las calles en el anonimato de su hábito están a solas con Dios, que les ha brindado un instrumento para aislarse del mundo, y por eso más que nunca dan ganas de rezar. Si van camino de la iglesia, ya están con la imagen titular, que les ha entregado la túnica como en los cuadros alegóricos en que la Virgen da el hábito a un fundador. Al pisar la calle, aunque hagan de fiscal de horas, el nazareno vive como en la intimidad de oración de una tarde cualquiera, como si en la iglesia sólo estuvieran su Cristo y él y no hicieran falta las palabras para desnudar el corazón y las inquietudes.

El buen cofrade sabe que el dolor de cabeza del capirote de cartón no dura más de cinco minutos y no justifica aliviarse con el de rejilla. Al cabo de poco rato todo lo ocupa la compañía que queda mientras el mundo mira una aparente soledad. Allí acuden convocados y puntuales quienes un día enseñaron al nazareno a ceñirse con dureza la faja de esparto, los que le alisaron la capa cuando salió camino de la iglesia, los que nunca se pusieron una túnica pero estuvieron presente en esas oraciones que no se formulan, sino que salen del corazón cuando se les recuerda amorosamente en el palpitar del penitente de cruz al hombro. Igual que el adorador cuando se arrodilla y se queda en blanco, como quien vuelve de comulgar y permanece en silencio por dentro a la espera de que el Espíritu le ilumine, como la que pasa ante una hornacina devota y se santigua por conocer el valor de lo sagrado. Lo hace el nazareno sin pedir para sí ningún aplauso, pues entendió el Evangelio del Miércoles de Ceniza – «Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará»- y sabrá que lo tiene mucho más fácil que los que dicen a todas horas que rezan con los pies aunque lo primero sea contestar con voz de arriero que la trasera está. El nazareno no necesita saber las implicaciones de lo que hace aunque note el bien que le hacen. La entrevistada recuerda a los neurofísicos y advierte lo mismo que ellos: «Estamos metiendo la religión demasiado en la cabeza y eso hace que pierda sentido». Los que se dicen cofrades y andan buscando trajes negros o credenciales de colores para escapar de la túnica, los que se pasean de paisano mientras otros que querrían lo tienen imposible, no serán muy diferentes de los que escuchen la Pasión pensando en si Jesús tenía 33 ó 35 años cuando lo crucificaron.

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