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La capilla de San Álvaro

La Reina de los sueños

Caridad

Para Rafa Rueda

¿Cuándo empezó a dejar de ser nueva para empezar a ser eterna? ¿En qué momento te diste cuenta de que eres tú el que crece, el que se encuentra las canas en el espejo, el que cuentas Martes Santos, mientras Ella permanecerá intacta en la belleza que derriba todas las corrupciones? ¿Fue quizá al montarte en la ola enloquecida del Bailío, cuando el alma le buscaba los ojos verdes y las notas de «Amarguras» te guiaban los pies por los escalones invisibles entre la bulla? ¿Te diste cuenta de que eras mortal y Ella perdurable al adivinarle la luz de la candelería en el final de Juan Rufo, o en esas chicotás recogidísimas y exquisitas, por Hermanos López Diéguez, mientras serpenteabas por las aceras sin dejar de mirar y pedías que no se recogiese nunca? ¿Habías descifrado el enigma cuando agradecías la intimidad de la calle San Pablo o en esos años recientes, cuando parecía que tenías el alma repleta y venías de vuelta, en que los naranjos de la calle de la Feria la protegían como un joyero de azahares?

Son preguntas de Martes Santo, quizá de la vuelta a casa, chirriando los pies entre la cera de varios días y con el alma pensando que lo mismo que se vive, se deja vivir, que lo mismo que se camina, se avanza al final. El cartel de la Semana Santa de 2016 gusta por su impecable estética de exclamación gráfica, se adivina en él la mano sabia de quien no sólo sabe hacer su trabajo, sino que se conoce verso a verso, mirada a mirada, Aquello que está plasmando en un papel. Pero quizá también por ser el que representa a una generación, la de quienes echaron los dientes en los ochenta y ya en los 90, justo cuando la Virgen de la Caridad empezaba a dejar de ser un secreto para ser un tesoro que cada vez más compartían, se miraban a sí mismos como cofrades que aspiraban a tener voz propia. Está incluso el guiño a cierta nostalgia en el Cristo de los Faroles, Córdoba del silencio y los rincones por la que en aquellos años pasaban tantas cofradías. Y sobre todo vive en la mirada abatida de la Caridad la ilusión de ese tiempo, la Semana Santa que se construía a golpe de proyectos, los sueños que todavía no habían chocado contra los muros de los prejuicios y la indolencia, la sensación de que era el momento. Hasta muchos de quienes ya en aquella época tenían más los pies en el suelo que el alma en el aire terminaron por rendirse y cambiaron el escepticismo por la admiración silenciosa que no necesitaba expresarlo.

Ha pasado un cuarto de siglo. Bastantes ilusiones se han ido quedando por el camino y el tiempo se ha cobrado con intereses leoninos el debe de los errores y los espejismos. Y un día el alma que mira, que le busca los perfiles y no se cansa de pensar que al mismo tiempo que eterna es nueva y siempre joven, cae en la cuenta de que en algún momento dejará de estar. Quizá este cartel, el de aquellos que se reconocieron a sí mismos como cofrades en los días en que empezaban a enamorarse de Ella, sirva para contar y pensar que la Caridad seguirá llevando para siempre los sueños y los afanes, quién sabe si rotos, quién sabe si cumplidos, que le pusieron a los pies cualquier noche de Martes Santo.

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