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La capilla de San Álvaro

La ofrenda interminable

Para Mateo Olaya, claro

 

Voy a ser sincero: hace diez años yo en la música me conformaba con lo clásico. No es que fuera un inmovilista de los que no pasan de las marchas de su infancia y se tapan los oídos ante cualquier propuesta nueva. Entiéndanme, yo venía de los duros noventa, el tiempo en que para curarse del estruendo de «Encarnación de la Calzada» Abel Moreno implantó un nuevo estilo de marcha, limpia de cornetas que tapaban carencias pero también repetida hasta la saciedad con el sadismo de los himnos en las dictaduras. Uno nunca se cansa de escuchar «Amargura», entonces todavía sin ese, aunque la recordara bien escrita en las viejas partituras de mi banda, pero aunque esté bien la variedad, era mejor repetirla siete veces antes que meter «Hermanos costaleros».

Sí, hace diez años la cosa se quedaba reducida a una docena de clásicas, «Saeta cordobesa» al frente de un buen puñado de cordobesas que todavía no me atrevía a gritar en voz alta lo buenas que eran y ciertas pequeñas piezas recolectadas al cabo de varias décadas. ¿Quién iba a pensar que el tal Beigbeder era jerezano, que Braña, además de «Coronación de la Macarena», había escrito unas joyas exquisitas de corte romántico, que Farfán podía ser todavía más radical que las dos únicas marchas que conocíamos de él?

Hace diez años nació Patrimonio Musical, alrededor precisamente de una marcha de Farfán. Domingo Rodríguez y José Manuel Castroviejo comenzaron el trabajo que luego siguieron Mateo Olaya Marín, Jesús Domínguez Orihuela e Ignacio Rodríguez Planas. Era el empeño de unos cuantos aficionados a la música procesional, que sabían que en los archivos de las cofradías y de los compositores había tesoros monumentales que tenían que volver a los atriles y a las calles para las que se escribieron. No fue sólo una página para descargarse marchas, sino toda una enciclopedia virtual con artículos de fondo, investigaciones y bases de datos. Todavía recuerdo la primera vez que entré, en el otoño de 2005, y las dos primeras marchas que me descargué, una de ellas completamente desconocida para mí a pesar de que había tenido la particella en las manos y había escuchado su nombre mil veces. Era «Salve Regina Martyrum», aún inédita.

Con Patrimonio Musical comprendí que el mundo no se terminaba en «Soleá, dame la mano» aunque fuera la cumbre, y fui tirando de las cerezas para entrar en un mundo inagotable. No estuvieron solos, porque por los mismos años la Banda Municipal de Sevilla empezaba a exhumar tesoros y la Esperanza de Córdoba, con Rafael León a la cabeza, rescataba el tesoro de la música de la ciudad y de los diamantes de Eduardo Lucena, Báez, Martínez-Rücker y Gómez Navarro. Al escuchar sin descanso empezaban a sonar en la memoria aquellas marchas que grabó la Oliva de forma pionera en los noventa, desde «Cristo de Vera-Cruz» hasta «Virgen de la O», andamios de un edificio que siguió creciendo durante todos estos años.

Han pasado diez años y hoy Patrimonio Musical, que está a punto de renovar su aspecto, tiene más de 730 marchas en la fonoteca, muchas de ellas tesoros que conocí por su trabajo y con ninguna concesión al efectismo o a las modas comerciales, porque mientras caían los chuzos de punta de Paco Lola, ya tenía el refugio del mundo profundo y fascinante de Beigbeder desde las tubas de «Al pie de la cruz» hasta la riqueza barroca de «Cristo de la Expiración». Eran años de tardes bien perdidas navegando en el foro, aprendiendo y buscando, mientras se sucedían las grandes marchas sin parar:  «Sexto Dolor», «Juan Jesús», «Virgen de Gracia», «Nuestra Señora de las Victorias» y «Cristo de la Sed». Por ejemplo.

Al cabo de este tiempo muchos siguen por donde solían, pero no son pocas las hermandades que han abrazado su propio patrimonio y una forma de hacer las cosas donde lo clásico no arda en la hoguera vulgar de lo previsible y donde lo bello no tenga la cortapisa de no ganarse los aplausos. Los pasos no salen para que una banda toque, pero por «Victoria Dolorosa» y por «El Dulce Nombre», y también por las grandes obras de los nuevos compositores, alguna vez hemos deseado que una procesión no terminase para que a la imagen se le siguiera ofrendando gran música.

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