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La capilla de San Álvaro

La madurez del melón

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De todas las frutas, ninguna me gusta tanto como el melón. Consuelo de los días de verano, regalo para el paladar, caricia de la garganta y premio en el estómago, abrir esta obra de arte natural es siempre extraordinario, desde el ruido que hace el cuchillo al sajar la carne apetitosa hasta la esperanza con que siempre se piensa que será el mejor del verano. La desnaturalización de la agricultura ha creado el triste paisaje de que casi todas las frutas estén en las tiendas casi todo el año, y hasta en diciembre se ofrecen. No pico: el buen melón, el que siempre deja con las ganas de cortar un trozo igual de grande, va desde julio hasta no demasiado avanzado septiembre. El que se adelante será un puñetazo en la barriga, y el que se pase de las fechas suele saber a pegamento. En su estacionalidad y en que no se le pueda aborrecer está una de las grandezas de este manjar del campo.

Hace un cuarto de siglo, Ángel María Varo, en un pregón de la Semana Santa que con justicia permanece en la memoria por haber dibujado el perfil exacto del cofrade, pronosticaba que algún día la Semana Santa pasaría entera por la Catedral, pero eso sería «una fruta madura que tendría que caer por su propio peso», y la premonición se fue cumpliendo: cada año la pieza cogía tono en el árbol, ganaba peso y de hecho si todavía no ha caído es porque unos cuantos burócratas con mala sombra no han querido y han mandado a la segunda puerta a un laberinto de trámites delirantes y absurdos.

Ahora bien, con trampas o sin ellas, y con toda la razón del mundo, ahora mismo es cuando hay que preguntarse si la fruta está madura. El melón nace pegado a la tierra y no pende de un árbol, pero ¿va a ser el momento de comérselo? Quizá haya muchas ganas de hincarle el diente y de llenarse la boca con su sabor, pero si grande es el placer de disfrutarlo, bastante mayor es la decepción de dejarlo a la mitad y tirarlo por saber que del sabor ácido y desabrido o del aroma de lo que ya no es comestible no se podrá sacar nada bueno.

El asunto de la posible, por ahora no probable, nueva carrera oficial, es de esos que tienen muchos colores, a lo mejor incluso 37, desde el que no quiere melón en absoluto hasta a aquel al que tampoco le importa la dieta de los demás porque la tiene a mano y se toma su buena parte todos los años y desde el primer día. Sí está claro que el que hay encima de la mesa ahora mismo tiene muchas papeletas de irse otra vez a la cocina para que traigan otro, y ya que no podrá ser todavía el mejor posible, al menos habrá que conseguir un poco de sacrificio y, aunque parezca más difícil de lo que en realidad es, poner de acuerdo los horarios para que puedan probarlo todos de la misma forma. Porque no se sabe si va a estar peor el melón malo o seguir toda la vida con el melocotón en almíbar.

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