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La capilla de San Álvaro

La Fuensanta y el paraíso de Sartre

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Muy al contrario de lo que pensaba Sartre, en las cofradías el paraíso son los otros. Cierto que abundan por aquí y por allí ejemplos de gente que dice lo que hay que hacer y lo hace, pero también es frecuente que uno pida por esa boquita, hable en primera persona del plural y luego le encasquete la idea a los que pasan por allí, como si la primera responsabilidad no fuese suya. «Esto a la gente seguro que le gusta hacerlo», dirán, y ese impersonal multitudinario, la gente, suele ser el eufemismo de un marrón morrocotudo para quien no ha tenido arte ni parte en el invento.

Es frecuente que las reuniones y cabildeos terminen en tormentas de ideas -«brainstorming», dicen ahora»- y en ocurrencias geniales, como si más que una bombilla se encendiera de golpe toda la candelería fundida de la Virgen del Desconsuelo; lo que es menos normal es que los proyectos brillantes vengan con memoria presupuestaria de los esfuerzos que habrá que hacer y con un reparto equitativo donde el demiurgo sea el primero en apuntarse.

Las cofradías tienen que tomar el jueves la decisión de si seguir adelante o no con la procesión de la Virgen de la Fuensanta, la patrona de la Agrupación y copatrona de la ciudad, y así, en el caliente de las palabras devocionales e históricas, la respuesta parecía hecha. Lo peor llega cuando se pregunta quién lo hace y quién lo paga, quién se quita unas horas de sueño para arreglar el paso, qué hermandad presta faroles o jarras, qué cofrades se levantan en día festivo mucho antes que en laborable para llevar el estandarte y las varas con que hacer bulto y quién se encarga de avisar a la gente para que haga de pueblo en las calles, vacías a eso de las nueve de la mañana. Nadie va a negar lo especial que es la imagen del Pocito, ni que esas aguas son fuente de la mejor tradición cordobesa, pero el peso siempre cae en hombros parecidos y encima tendrán que escuchar que al darles tanto trabajo en realidad les conceden un honor.

En la política pasa una cosa parecida: nadie va a decir que haya que cerrar puertas a inmigrantes ni desatender a los desfavorecidos, pero todos van a poner el grito en el cielo si les clavan más impuestos y pocos, poquísimos, se van a arremangar para ayudarles en persona. La Agrupación no es como un Gobierno que pone impuestos, sino que reparte dinero entre las hermandades, y a ver cuál de ellas le iba a decir que no a tener un poco más para la procesión propia a cambio de dejar de financiar a la ajena.

Los cofrades son especialistas en pintar con purpurina de palabras realidades desnudas como el emperador del cuento del traje invisible, como si la devoción se hiciera de ausencias y las fotografías bastasen para bañarlo todo de nobleza, pero cuando se apaga el eco de las cornetas quedan unos pocos comprometidos que han quemado un día festivo en algo que, si son sinceros con ellos mismos, ni les va ni les viene y que se borrarán cuando su cofradía les pida algo que de verdad les ilusiona.

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