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La capilla de San Álvaro

La exclusividad del Corpus

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Faltan pocos días para el Corpus Christi y las cofradías se están ya preparando para llenar el cortejo que acompañará a Jesús Sacramentado, a Dios mismo. Contaba José Antonio Luque en su pregón de la Semana Santa de 2005 que una vez preguntó a un joven de las cofradías si iría al Corpus y que éste le zampó que no, que para qué, «si no iba ningún Cristo ni ninguna Virgen». Ahora las hermandades insisten desde sus redes sociales en que sus hermanos acompañen al cortejo, y bien que hacen, porque es el deber de los cristianos que viven su fe de forma tan pública.
Y después de todo, parece que la procesión es suya. Nadie les ha reconocido a las hermandades que, junto con la Adoración Nocturna, acompañen corporativamente ni hagan que la procesión sea catequesis a través de la estética; pocos han ensalzado los altares, llenos de simbología, que se ponen al paso del Señor, y que testimonian fe y también dotes para convertir el arte en una predicación sin palabras. Algún año llega a los periódicos una carta diciendo que sí, que están las cofradías, pero no los jóvenes, que sí van a otras cosas. Vaya por Dios: habrá que hacer representaciones bien compensadas de edad y sexo para que nadie proteste.

Lo cierto es que es una pena que las cofradías sean el único movimiento de laicos que puede asistir al Corpus Christi y llenar las calles. Qué pena que los demás tengan en sus estatutos no dejarse ver. Así pasó en aquellos años incomprensibles en que la procesión era por la mañana e iba por calles vacías, sólo con el cortejo de las hermandades y nadie en las aceras. En Las Tendillas sólo se vieron en aquellas jornadas los estandartes de las cofradías, nadie de ningún movimiento más ni casi cristianos rasos, y no había más que ver las fotos.

Urge quitar entonces el corpus a las hermandades, o al menos la exclusividad, y entregarlo a esos nuevos movimientos que gustan de la liturgia propia, invitar a quienes miran a la Semana Santa por encima del hombro por pensarse superiores y por considerar que los cofrades están todo el día jugando a los pasitos. Es responsabilidad de los párrocos invitarlos a ir, y no dejarlos en su misita del domingo; los directores espirituales tienen que llevarlos al Corpus Christi aunque sea de la oreja.

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Aunque no tengan estandartes ni boato, bien pueden organizarse, tomar su cirio y acompañar, o estar en las calles cuando pase el Señor (y es el Señor, no un trozo de madera pintado y bendecido). Sería bonito que todos esos que se reúnen en torno a Cristo y actúan cumpliendo su palabra también lo vean pasar consagrado en la Custodia, ya que alguna vez se han visto obligados a dejar las calles limpias por el intrusismo de los cofrades. Las procesiones de Semana Santa pueden ser opinables en un momento dado, pero cuando parece que las cofradías y la Adoración Nocturna son las únicas que creen la transubstanciación y en la presencia real de Cristo en la Eucaristía quizá haya que empezar a preocuparse.

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