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La capilla de San Álvaro

La ciudad, por Joaquín de Velasco

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Cuando los naranjos estallan en blanco símbolo de pureza, la ciudad se prepara para vivir su semana mayor.  La imagen de Cristo saldrá a las calles de la milenaria ciudad, sobre dorados retablos andantes, o sobre oscuras y sobrias andas, y su madre, que es la nuestra,  le seguirá entronizada en  joyeros de plata, oro, terciopelo y luz. 

La ciudad, para ello, se prepara espiritualmente con una sucesión ininterrumpida de cultos, pregones, presentaciones y actos, que culminan cuando la propia ciudad forma una interminable fila peregrina que pasando (y orando) junto al Crucificado de piedra de la plaza, se dirige al antiguo hospital. A la iglesia donde su Madre, la Madre de la ciudad, la espera rota en dolor y envuelta en maravilloso luto servita de oro y convento.

La ciudad, con esa preparación espiritual, sabrá necesariamente recibir a sus imágenes con la devoción, el respeto y el cariño que cada una de ellas requiere y merece. Y no estará exenta de alegría cuando una Virgen joven y guapa con verde manto y palio de malla pase de puntillas, al son de su marcha, por la puerta de una iglesia  fernandina, o cuando un misterio que viene de lejos avance valiente entre jardines, buscando el refugio de la cal de las viejas calles. 

Y no estará exenta de amor sobrecogido cuando la bellísima imagen de María venga con su hijo en brazos a su viejo barrio, o cuando, con la cruz al hombro sobre un paso de oro, Jesús camine por las estrechas calles hacia el bosque de columnas árabes del mayor templo cristiano de la ciudad. Y no estará exenta de luto y respetuoso silencio cuando entre nubes de incienso un Cristo muerto avance precedido de espigados capirotes negros.

La ciudad ha forjado su peculiar carácter a lo largo de siglos de historia y gloria. Por eso, la ciudad será ante todo expectación, oración y respeto. No está en su carácter, por ejemplo, el aplauso fácil  y a destiempo. Sabrá darle a cada uno lo suyo.

Y, siendo esto en verdad así, la ciudad creyente se guardará de ovacionar cualquier levantá, aun en cofradías de silencio, o cualquier saeta repetitiva y extemporánea. Guardará esas  ganas de aplaudir, y estallará en una sentida ovación en la plaza de San Felipe cuando el Lunes Santo se muestre a la ciudad por primera vez, rodeado de los niños de la hermandad, un banderín que representa la defensa de la vida, aun de la no nacida, con el que la corporación de San Nicolás demostrará una vez más que, por encima del arte,  la belleza,  la tradición que atesoran las cofradías, éstas son iglesia. Iglesia militante y comprometida.  

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