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La capilla de San Álvaro

La cáscara del vacío

Prisa

¿Tienen gracia estos montajes de los nazarenos metiendo prisa al rey Baltasar para tomar el escenario? A mi modo de ver, ninguna. Pueden ser como espejos del Callejón del Gato que provocan risa por lo que deforman, o exageraciones con las que poner en cierto ridículo la enfermiza impaciencia de algunos. Al final de todo, sin embargo, las alegorías que removieron Facebook con Twitter y fueron de móvil en móvil a partir del 5 de enero no hacen más que confirmar que se ha perdido el sentido del tiempo y de la espera, que la Semana Santa y su ritual de días no llegan cuando tienen que llegar ni cuando cuadran ciertas lunas, sino que saturan casi desde el mismo momento en que terminan.

Antes el cofrade era una persona que se tomaba interés por la Semana Santa y por las hermandades, pero que entretenía sus días en muchas cosas: se dejaba caer por el fútbol los domingos por la tarde, y con el berrinche del Córdoba se le olvidaban las cuitas de la hermandad; trabajaba y no tenía tiempo para saber si cierta jornada de agosto o noviembre era el día de la semana en que salía de su cofradía; cuidaba a sus hijos y los llevaba de excursión, y hasta a veces, en casos extremos, se entregaba a la lectura de una novela o iba al cine. Y en ocasiones, sólo en la oración de la noche, o al abrir la cartera para pagar, se le venían al corazón las imágenes que sin embargo nunca le abandonaban.

Ahora se le ha perdido el gusto a la espera. El olor de las flores de mayo, las siestas de junio, el Señor desafiando a la canícula en el Corpus, los oasis de sombra en el verano inclemente de Córdoba, el venero puro del Carmen y el castizo del Tránsito, septiembre recuperando los colores oscuros cuando la luz no es tan blanca, la dulce llegada del otoño al lado de la Virgen del Socorro, las tardes de conversación y mesa camilla, noviembres con castañas, la espera de la Navidad y hasta la claridad insobornable de los eneros fríos como este ya no tienen nombre: no son más que un descuento de días hasta la Semana Santa, una recopilación de nostalgias engañosas como todas las nostalgias. Quizá de ahí venga tanta afición por las procesiones extraordinarias en estos años, porque hay muchos sectores en este mundo de las cofradías que no pueden vivir sin ver un paso en la calle (aunque no tenga el escalofrío íntimo de las cosas que llegan a su hora) y otros muchos que tienen que ejercitarse llevándolo encima. Las fotos son una tontería que es síntoma de un vacío, de la cáscara hueca de una afición sin creencias que se hace fanática precisamente por no tener otra inquietud vital, y mucho menos espiritual, que la complete o equilibre.

Lo pensaba cuando mis compañeros de Pasión en Sevilla mostraban el sobrecogedor texto de Francisco Robles sobre el Señor de Pasión caminando hacia su altar de novena, y más con las estupendas fotos de David Rodríguez Arellano. Y pensé que también dentro de las cofradías hay jornadas grandes y emocionantes con nombre, que no pasan por ensayos de costaleros ni calles abarrotadas, sino por la consumación de los ritos íntimos y la relación directa y entrañable con unas imágenes que sólo pasan unos pocos días encima de un paso y muchos más esperando en la tranquilidad de sus capillas y altares. ¿Quién en el Salvador va a contar días para verlo en la calle si tenerlo tan cerca es como besar el cielo?

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Con todo, lo más sarcástico es poner en esas fotitos a los nazarenos metiéndole prisa a la trasera de Baltasar. Todavía ellos son quienes acuden a su hora a las casas de hermandad a por las papeletas de sitio y no pasean por la calle Alfonso XIII los capirotes de cartón o rejilla hasta que no está bien entrada la Cuaresma. Como si fueran ellos quienes están haciendo igualás en noviembre.

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