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La capilla de San Álvaro

La Caja de la memoria

amargura

En este tiempo en que cualquiera puede captar imágenes y compartir lo que hay delante de su dispositivo, la Semana Santa parece peor contada que nunca, más parcial y menos comprendida, como si aquellos vídeos e imágenes con las que se inunda el universo virtual, más que relatar la fiesta la desvirtuaran o la mostraran enmascarada y parcial, más a gusto del medio en cuestión que de la propia esencia de un rito poliédrico y siempre complicado.

Veinte años después de haberse despedido, con la Virgen de la Presentación en su clausura de cera y tul en la calle Castelar, el cofrade ha vuelto virtualmente a rodearse de Semana Santa de Sevilla y ha visto cómo la mirada de la cámara y el criterio del que sabe cómo ponerla y dónde son capaces de contar algo parecido a la verdad y a la casi totalidad de la fiesta. La Caja de la Semana Santa no defrauda a nadie, porque se aproxima bastante con imágenes a la verdad y al interior de una fiesta siempre mejor contada que vivida, siempre dada al estremecimiento hondo y también a la decepción sonada. El cofrade que ya sólo se puede acercar a la ciudad hermana cuando los pasos están detenidos, cuando las jarras esperan las flores y la cera parece temblar de esperar la llama, vuelve al fragor de la calle, mira otra vez cruzar los pasos, encuentra miradas al cielo que le pararon el reloj en las noches inifinitas del Lunes Santo, escucha silencios en la vigilia y siente que la Semana Santa allí vista es la misma que amó y la misma a la que echa de menos, no la que se cuenta en vídeos de proezas costaleras y pulmones corneteros.

Por eso el cofrade tiene que recomendar acercarse a esta Caja de la Semana Santa y dejarse envolver por su proyección multipantalla en 360 grados, encontrarse, como cualquier día de Semana Santa, ante la sensación de no saber dónde mirar. Las imágenes de alta calidad de Antonio Casado y José Carlos Guerra-Librero miran a las imágenes cara a cara, hacen un besamanos virtual y valiente de cada paso en la calle y hasta se meten en el respiradero o miran a la Virgen por encima de la malla del techo de palio, y los textos de Diego Jesús Geniz cuentan una Semana Santa y una ciudad real y no tópica, pausada y reflexiva, sin pregones baratos y con mucho de Núñez de Herrera, Cernuda, Montesinos y por supuesto Antonio Machado en «La rama verdecida» que da título a la edición de este año.

Quizá desde Gutiérrez Aragón no se viera en la pantalla una Semana Santa tan idealizada y esencial, tan ensoñada y por lo tanto tan real, porque es la del corazón y la memoria, no la que se desangra de fallos tantas veces en la calle. El cofrade que ya no visita la ciudad amada en estos días especiales y el que sí lo haga y quiera sentir otra vez la emoción, que no dude en entrar en La Caja de la Semana Santa, en mirar, en sentir, en añorar lo que vivió y en imaginar cómo será lo que todavía no ha visto y, ya que son cosas de la fe, en echarse en brazos de la Virgen para años futuros, que no en vano todo termina con el sabor dulce y ascendente de la Esperanza.

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