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La capilla de San Álvaro

‘Jesús Rescatado’, a quien tenga oídos

Y a partir de 1975, Córdoba empezó a disfrutar de una Semana Santa que valía la pena. Las imágenes de la Virgen dejaron de salir sin palio, los costaleros dieron la vida y el latido cuando la mayor parte de los pasos iban a ruedas y la música empezó a acompañar a los pasos en la época en que casi sólo estaba la Banda Municipal. Lo de antes es prehistoria, humanidad que se tapaba con pieles y cazaba y recolectaba sin ocuparse del porvenir, un prólogo para lo que empezaba entonces. Los que empezaron la renovación en aquellos años no cuentan esta historia, que conste, pero hay muchos que se la creen, como si casi nada de lo que hubiera pasado antes tuviera interés. Fueron consecuentes: apenas quisieron aprender nada de lo que pasó antes de los setenta, y en la música, y en otras muchas cosas, se perdieron mucho y dejaron que se perdiera bastante.

Hubo que esperar para que se reconociera su valor, pero entre los años 40 y 60 hubo una serie de compositores que trabajaron para las hermandades y escribieron obras extraordinarias, en coexistencia tan feliz como fecunda en el aprendizaje mutuo. Todo el mundo conoce ya a Pedro Gámez Laserna, Enrique Báez y Francisco Melguizo, pero junto a ellos trabajo José Timoteo Franco (1917-2001), músico flautista y compositor inspirado que brindó obras con empaque para sonar en la Semana Santa para la que se escribieron.

Sólo escribió dos marchas, pero mucho para otros géneros: pasodobles, música ligera, piezas para el Real Centro Filarmónico, la Fantasía Cordobesa y música para cultos. José Timoteo hizo dos plegarias para Nuestra Señora de las Angustias en la década de 1940: Madre Mía y La Reina del Dolor, ambas con letra de Manuel Revuelto, llenas de dramatismo, evocadoras de cultos con orquesta de cuerda que entonces no eran raros, y que se rescataron en 2011. En 1958 brindó Jesús Rescatado, una obra que estuvo en la carpeta de la Banda Municipal y que figuró en las míticas casetes de principios de los años 80. Si es discutible lo autóctono en la Semana Santa, no lo es en la música, porque esta es una pieza genuinamente cordobesa, emparentada, aunque personal y propia, con lo que hacían aquellos compositores que brindaron sus obras a imágenes a las que veían y quizá rezaban.

El músico e investigador Rafael León explica que José Timoteo fue director en funciones de la banda de música del Regimiento de Lepanto número 2, luego de la Reina, y que esta unidad militar fue hermana mayor de honor de la hermandad del Rescatado. Quizá ahí haya que buscar el origen de esta composición, que se interpretaría tras el Señor en aquellos años en que la acompañaba la formación, que había dirigido Gámez Laserna. Cuando quedó en banda de cornetas, todavía iría con el Rescatado hasta que dejó de ir a ruedas.

Jesús Rescatado se abre con contundencia, con una potente fanfarria de metales, contestada por las maderas con un tema que evoca tragedia y un clima general de tensión acentuado por la caja. La primera parte es de diálogo entre una y otra familia instrumental, de forma que unos y otros varían sus temas, en una escritura de tanta coherencia como diversidad, en que cada parte, además de contestar a la otra, avanza por los caminos de cada melodía. Hasta tres veces se repite el diálogo, siempre distinto, hasta que los metales hacen un potente coral con una hermosa melodía, que podría pasar por fuerte de bajos sin serlo exactamente, y que deja paso a la reexposición del primer tema de las maderas.

La primera parte termina con un par de fuertes compases para dar paso a una saeta, más que justificada en la devoción al Cautivo de los Padres de Gracia. En 1949 había escrito Gámez Saeta Cordobesa y apenas dos años antes Báez introdujo otra en Jesús Caído. Es una fecundidad mutua, porque si la de Jesús Rescatado se parece más a la segunda, también hay en esta elementos que prefiguran Virgen del Socorro. Es esta una saeta por carceleras, más interpretada y adaptada que transcrita, entre el contracanto de las trompetas. La melodía se va haciendo muy lírica en las distintas evocaciones del cante antes de despedirse, después de una elegante llamada, con un breve trío propiamente dicho de gran solemnidad y brillantez. La imagen de Cristo más devocional de la Semana Santa de Córdoba ya tenía una pieza que describía su caminar, entre la majestad de su presencia, el dramatismo de su rostro y las oraciones populares.

Como tantas otras, Jesús Rescatado tuvo que esperar hasta el momento en que la banda de la Esperanza la recuperase para la Semana Santa de hoy, y ha sonado no pocas veces. La hermandad la asumió como propia y con ella pasó la Virgen de la Amargura por Las Tendillas en el que sería su último año por la ya vieja carrera oficial, en 2015. También se interpretó en el pregón de la Semana Santa de 2017. Quizá la vieja Semana Santa de Córdoba estuviese necesitada de muchos bordados, pasos y músicas, pero lo estaba más de ojos y oídos que fuesen capaces de entender que lo que tenían podía ser poco, pero muchas veces era excelente y casi siempre mejor que lo que los recién nacidos a las cofradías desde los años 70 y 80 importaban sin criterio.

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