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La capilla de San Álvaro

Impaciencia arrinconada

La Virgen de la Merced, junto a la fuente de Colón en su procesión extraordinaria. FOTO: ÁLVARO CARMONA / ABC

¿Por qué hay un momento en que no echamos de menos a la Virgen cuando se va? La idea de la belleza de ver a un paso de palio alejarse, que formuló Antonio Burgos, está un poco manida, pero es cierta, y tiene un poco de providencial. Sucede que el alma está delante de la imagen, presa en la arquitectura exacta de su paso, y, si tiene suerte, hará casi eterno el momento de llegar, de ver moverse el pañuelo de la mano y temblar las luces de la candelería. Si la calle es ancha, ordenará al cuerpo que vaya acompañando, siempre por los costeros y nunca delante, y caminará con algo de prisa buscando el lugar en que esperarla de nuevo, incluso buscando el otro perfil. Será entonces como si hubiera pasado un año entre una vez y otra, porque parece que el paso de Virgen está pensando para que todas las veces sean la primera.

Si el lugar es tan estrecho que sólo se puede hacer una vez, o si llega el momento de marcharse, quedará en el alma la nostalgia invencible de lo que se ha marchado: el momento en que se disfruta del perfil de la Madre, el microsegundo en que se mira el rosario que pende de la mano, el hachazo de oscuridad cuando el manto se traga el rostro, la hora en que sólo se pueden mirar las borlas y el pegar del terciopelo contra los varales, y al final, la mirada al manto, que tantas veces es como una sombra luminosa de la belleza de María.

Y sí, queda la dulzura del recuerdo, la despedida que se puede acompañar con música, pero también un cierto sentido de la medida, de que ninguna procesión se disfruta más con muchas horas y de que los sabores que perduran en el paladar no tienen por qué ser las de aquellos platos en los que se tripite. Así quedó el alma en estos días, cuando en la lejanía la Virgen de la Merced, un resplandor de luz blanca en la noche todavía veraniega, traspasaba la fuente azul de los jardines y luego salía como tras un cortina transfigurada. Ninguno de los que cangrejeaban delante, como si no se pudiesen perder ni un minuto o como si fuesen tan importantes que no podían quedarse a un lado, veía aquel momento en que el rostro de la Virgen, radiante de lágrimas, seguía presente en el corazón y Ella se alejaba dejando una estampa inolvidable con las luces encendidas en la oscuridad que le prestaban los árboles.

La Virgen del Rosario, en su camino desde San Pablo a la Catedral de Córdoba. FOTO: ÁLVARO CARMONA / ABC

Así quedó el alma en la tarde del domingo, presa para siempre de un momento de patios en otoño, como si la Virgen del Rosario hubiera sido una aparición entre la cal de la calle estrecha, y las cornetas de la marcha la explosión inevitable y necesaria para aquel momento. Pudo ser sólo un momento, pero permanece eso tan parecido a un beso que queda del segundo en que está delante de la Madre. Como si sólo pudiera ser así, como si la breve presencia evangélica de María obligase a dejarla en breve y quedarse con el testimonio de su «Haced lo que Él os diga» escrito en el llanto o de la fortaleza al pie de la cruz. Como si el recuerdo de unas benditas horas de otoño que todavía parecía verano nos sirviese para arrinconar la impaciencia.

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