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La capilla de San Álvaro

Historia de dos ciudades

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Por Joaquín de Velasco

No es por la posesión del canon perfecto, ya que éste no se esconde a los ojos observadores. No será tampoco porque allí no tuvieran  iluminados, incluso entre sus pastores,  dispuestos a terminar con la celebración. Ni siquiera por el diferente tamaño de las ciudades, o por la presencia en aquella de magistrales artistas, de los que ésta siempre ha podido presumir con legítimo orgullo, aunque por supuesto nunca en vida de ellos.
Debe ser otra cosa.Deber ser algo que se respira en el ambiente, o que corre por las venas de quien allí vive. O quizás una forma sublime de venderlo. En esta ciudad, la nuestra,  frente a un palio con la candelería a medio montar, tres cofrades van contando sus experiencias allí, en la búsqueda de una explicación.
El primero de ellos narra como intentó visitar un conocido templo a deshora. Dada la hora decidió acercarse a un bar cercano, de aspecto nada cofrade, donde con poca confianza preguntó a los parroquianos por el horario de visita. De forma natural se formó un corrillo a su alrededor en el que camareros y clientes habituales pugnaban por ofrecer la información más completa. Sorprendido y decidido a transformar lo sucedido en experimento repitió el proceso en distintas cafeterías, buscando negocios cuyo aspecto fuera lo más alejado del que presumiblemente pudiese tener uno relacionado con las cofradías. Sorprendentemente, incluso en el antro más “rasta”, el camarero, un hermano blanco de Bob Marley, conocía perfectamente el horario, avisando de la presencia de un acto de jura de reglas que lo acortaría circunstancialmente, aconsejaba sobre cómo visitarlo y qué no perderse,  comentaba la existencia de un museo de hermandad anexo, relacionando las principales piezas expuestas y lamentando que el desconocido no pudiera contemplar determinado manto que se encontraba esos días restauración. ( y cuando termine, si le da tiempo, no deje usted de ir a la plaza de San Lorenzo, que están de besamanos)
El segundo comenta como, en un templo parecido, se encontraba exornando unas pequeñas jarras con azahar para determinado acto cuando escuchó una conversación a sus espaldas: – Mira, las está haciendo cónicas. Recuerdan a las del frontal del Valle. A ver si ahora hace una bicónica-.  Girándose, el cofrade observó que las limpiadoras de la iglesia habían hecho una pausa en sus menesteres para comentar un exorno floral, con opiniones fundamentadas y conocimiento.
El tercero refiere como en el último retranqueo la corona de una Virgen sufrió un pequeño percance. Trasladada urgentemente a esta ciudad, el orfebre que la labró realizó una restauración de emergencia, que se prolongó hasta el martes santo. El cofrade cordobés fue el encargado de transportarla de vuelta en un coche particular, con tan mala fortuna que cuando llego a la otra ciudad las hermandades del día estaban ya en la calle. En concreto la cruz de guía de una numerosísima cofradía de barrio acababa de plantarse en la esquina cortándole el paso. Un policía local, extrañado de la presencia del vehículo, se acercó. El cofrade, resignado a no llegar a tiempo y dudando sobre la posibilidad de ser  multado, le explica al agente su circunstancia y le muestra la presea, descubriéndola del paño que la tapaba. El policía se dirige al diputado de horas que, asintiendo con la cabeza, ordena a la Cruz de guía retroceder unos pasos. Nada más cruzar, el policía hace señales al vehículo. Ha llamado por radio, y unas calles más adelante, un compañero en moto se encargará de que el cofrade pueda llegar a su destino esquivando los cortejos. Porque la Virgen tiene que llevar su corona.
Algo tiene que haber. No será porque aquí tuviésemos al obispo Trevilla, y allí a Rodríguez Ojeda. Será porque en aquella ciudad, para algunos innombrable, la semana santa se vive de forma apasionada y forma parte consustancial  de la sociedad. Para el de allí el movimiento cofrade es tan natural como saludar en el ascensor. Tan cotidiano como el café de la mañana. Eso es lo que realmente merece envidia de S…

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