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La capilla de San Álvaro

Gérmenes

“La Semana Santa cruza el túnel de la Catedral, pero también un paisaje de barrios y muchedumbres. Suenan salmos latinos, pero silba la ese andaluza su aguda sierpe en la saeta”. Antonio Núñez de Herrera, genial como buen intuitivo y certero como quien no necesita más que una cabeza bien construida para comprender las cosas, resumió en apenas un capitulito de literatura exquisita el carácter poliédrico y escurridizo de la Semana Santa en particular y de las procesiones andaluzas en general, alérgicas a los apriorismos dogmáticos y ricas en matices y detalles que escapan de las definiciones académicas.

Quien intente hacer un comentario de texto científico con una procesión, diseccionarla como un cuerpo al que se le hace la autopsia con la pretendida frialdad que le dan muchos conocimientos y no poca reglas que más de una vez hay que saltarse, corre el peligro de resbalar y ver cómo muchas veces el cumplimiento de las normas aburre y su transgresión produce algo mejor que la belleza, como bien dice Benedetti.

Por eso será difícil, y hasta ridículo, decir a nadie lo que tiene que ver y cómo debe hacerlo, aunque conforme pasan los años y uno mira hacia el pasado, se detiene en el presente y piensa en el futuro, caiga en la cuenta de si las procesiones y la Semana Santa, con todo su caleidoscopio de formas y colores, no hace un tiempo que se hicieron excéntricas y olvidaron su núcleo, o más bien que quienes las protagonizan y se toman la molestia de salir a la calle para arroparlas, “tiran la pulpa y se comen la cáscara”, en precisa y dolida frase de Carlos Colón.

Vienen estas reflexiones al hilo del inusitado fervor asuncionista, con ese punto de purpurina rumbosa que tienen todos los histrionismos, que noté entre tantos cordobeses en torno a una procesión en un pueblo sevillano. Yo también siento fascinación por cofradías admirables y recuerdo, sin que el paso de los años haya menguado la nitidez de la memoria, algunas miradas y otros llantos inclinados a la luz de la cera que ahora no puedo disfrutar, y también sé de tardes de noviembre que tienen nombre. Pero lo de Cantillana es otra cosa, aunque comparta elementos, y nada esenciales, con la Semana Santa de Sevilla.

Tampoco es el aire nuevorrico ni las bombillitas eléctricas de las tulipas, que valdrían la excomunión para cualquier cordobés que se permitiese algo parecido, pero que no parecen importar a los muchos doctores del milímetro y la pestaña que ven imperfecciones allí donde se empeñen en buscarlas. Se puede decir más bien que todas estas cosas, que harían antieconómica la ecuación de hacerle al coche casi 300 kilómetros de ida y vuelta, van desnudando a la verdad de lentejuelas y la dejan en el hueso que, esta vez sí, entronca con una enfermedad extendida a los días de la primavera que tanto se esperan.

Llegado a ese momento de pensar que en realidad no es para tanto, y que tampoco aquello es la Virgen de los Reyes o algunas de las glorias de la primavera y el otoño sevillano, es cuando alguien repara en el nombre del titular del traje negro, de su hijo y de su equipo de auxiliares, que no falten; o en el entusiasmo efímero, hueco y contagioso de los vivas y de un furor de echar la noche muerta en sintonía con la mejor ortodoxia. Para que al guiso no le falte de nada, está el perejil cargante y kitsch de la lluvia de pétalos, guinda de bisutería que de un tiempo a esta parte no tiene que faltar en una procesión, y que justifica apretones y colas, esperas a pie quieto y sudores agostíes, como si todos los años que hemos pasado sin dejar de lado a la Virgen a costa de una ofrenda de sabor norteamericano hubieran sido en balde.

No es una enfermedad de sitios ni de hermandades de gloria. Hasta cofradías inabarcables y perfectísimas como la Amargura, aquella que marca para siempre la mirada de cualquier cofrade y que tumbaría el alma aunque fuese por una autopista, tienen puntos para disfrutarla sin bullas porque los individuos de este nuevo pueblo, los registradores de vídeo con Smartphone y adictos a los momentos señeros, tienen que abarrotar la calle donde le cantan unas monjas. Nada distinto a la pompa morosa de los saludos.

Claro que cada uno será libre de disfrutar lo que quiera, faltaría más, y yo el primero, pero no paro de pensar en si las fiebres de la historia, tan crudas a veces para las cofradías, no estarán a punto de subir para dejarlas convalecientes y débiles por un tiempo, pero de paso libres de gérmenes insanos.

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