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Procesión de la hermandad de la Macarena de Madrid. FOTO: JULIÁN DE DOMINGO

Ha dejado de llamarme la atención en los cofrades de Córdoba la afición al Carnaval de Cádiz y a conocer los intríngulis de sus chirigotas, coros y demagógicas comparsas. Sí he observado, y que me corrija cualquiera, que muchos de ellos se van directamente a la fuente, al Falla y al barrio de la Viña, e igual me equivoco porque yo no entiendo, y que no prestan demasiada atención a lo que pasa en el Gran Teatro de su ciudad.

Frente a la Semana Santa, que ha crecido en número y en cierto criterio en los últimos años, el Carnaval parece lastrado con la marca infamante de la franquicia, como si no tuviera personalidad más allá de seguir unos modelos marcados y trillados, ya que la tradición cordobesa de las tabernas de San Agustín no sigue más que como escenario. La estructura abierta del concurso gaditano, donde un cunero de donde sea puede intentar prosperar y llegar a una ronda decente, terminó por hacerlo hasta fácil: casi cualquier carnaval andaluz podía aspirar a ser filial del que ponen por Canal Sur hasta en verano, y si uno prosperaba, llegaría a echar una pachanguita con el primer equipo.

El ejército de Don Carnal, entonces, no ha tenido en Córdoba la suerte, o la historia, o el buen hacer, que las tropas de Doña Cuaresma, invasivas ya en el resto del año y cada vez mejor formadas, pero al pasar muchas noches junto al Gran Teatro y ver la carpa donde ensayan, me he parado a pensar en si esta fiesta de agrupaciones y letras satíricas, y hasta acentos impostados que nunca se escucharon por aquí, merece una mirada distinta. Después de todo, es una fiesta que se ha traído desde una ciudad a otra y se ha copiado tal cual, sin tradición previa y sobre todo sin contar con el marco, el coro, el pueblo, en que creció de forma natural e inigualable. Salvadas las distancias, que son bastantes, no sé de qué me puede sonar la historia y qué conclusiones de peligros se pueden sacar de ella.

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