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La capilla de San Álvaro

Flores de autosuperación (opus 13)

 

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Melodía primera. Hay un pesimismo que flota en la atmósfera de vez en cuando y que tiene el aire huérfano de la mañana del Viernes Santo y el viento triste de un Sábado Santo sin vigilia. A la mesa se sientan los defectos y los vicios y son como un gusano que dicen que nada va a cambiar y que no hay arreglo hasta que otro Domingo de Ramos abra los balcones y al conjuro de la música y el sol se evaporen los malos pensamientos y otra vez se piense que todo vale la pena. La cantinela es corrosiva y malvada, y aunque lleva parte de razón y hasta en dosis moderada invite a mejorar, el veneno crece y las cosas empiezan a verse como no son. Fuerte de bajos. Dice el gusano del nubarrón que en Córdoba las túnicas, aunque sean pocas, ocultan las carencias, que sirven para camuflar un ejército de cirios que a lo mejor no estarían tan convencidos si tuvieran que quitarse el hábito excepcional y sugestivo para ponerse un traje y formar una fila, y que las extraordinarias, aunque fuesen memorables, se tuvieron que remediar con largas representaciones, varas y estandartes. A mí nunca me convencieron esos protocolos ajenos y algo cargantes donde uno está para hacer bulto pensándose que alguien le mira, y menos en Semana Santa, donde la túnica de cada uno es para su cofradía y tiene algo de infidelidad ponérsela dos días distintos.
Trío y coda. Pero de vez en cuando el veneno se diluye con el azúcar del optimismo y pierde el efecto, y así pasó que el Señor de la Oración en el Huerto presidió el mejor Via Crucis de los últimos años, si no de todos, y lo hizo llenando la calle de cirios propios y encima quitándose el figuroneo accesorio de las varas y las presidencias. Con la naturalidad del deber cumplido, sus cofrades hicieron lo que se esperaba de ellos y la hermandad se presentó en la Catedral con una estampa bellísima de su titular y una realidad esplendorosa de hermanos de luz. Más que la música, los faroles y la cal de la calle Encarnación, que no se olvidarán nunca, tendrá que quedar un camino para todas las demás y el olor duradero de las flores de la autosuperación.

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