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La capilla de San Álvaro

Esperanza (Opus 11)

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Melodía primera. La providencia, me había dicho unos días antes el pregonero sobre unos sueños casi inalcanzables que tenemos en común. De la providencia, que está en el mundo y no hay más que abrir los ojos para verla, me acordaba ayer, con el cúmulo de sensaciones de todo un día que echaba el telón con su solemne recreación histórica. Las piezas están sueltas por el mundo y el entendimiento humano es quien debe unirlas y llegar a los puntos en que confluyen para mayor gloria de Quien nos las pone delante de los ojos.
Fuerte de bajos. Fue un pregón grave y solemne como una marcha de los Font, condimentado con la mejor enjundia de la historia y del amor por la ciudad, cincuenta minutos para maldecir la memoria de aquellos mandamases trasnochados que quisieron hacer de la Semana Santa apenas sombra y ceniza y que no arrasaron con todas las devociones, pero sí mataron un fragmento precioso de memoria y apenas merecen el olvido piadoso por ello. Pero fue sobre todo un pregón que terminaba en Esperanza y la buscaba.
Trío y coda. Unas horas antes, en una iglesia de la Córdoba nueva, la Esperanza, con mayúscula también, era una pieza de terciopelo verde, una geometría de oro y de sedas, unos broches sorprendentes y varios espíritus autoexigentes que no se conforman con copiar a los demás. Todavía faltan unos cuantos años para que se bañe en la luz de su barrio, pero su voluntad de huir de dogmas de flecos, por lo demás tan bellos en otras partes, guirnaldas y hasta anclas, se unen en la memoria para concluir que sí, que la Esperanza es la ilusión con que habla la providencia.

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