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La capilla de San Álvaro

El Viernes Santo en que se pudo

Dolores

Era tan sencillo que parecía imposible. Ocho años después, parece que era tan fácil como hacer unos horarios, aleccionar a los fiscales y capataces y no salirse ni un minuto de la hora. El papel en las cofradías siempre fue bastante sufrido, el soporte de una carta a los Reyes Magos que nunca se cumplía, pero en aquellos días del año 2008 hubo quien lo tomó por quimera y quien pensó que sería imposible, por buena voluntad que hubiera. Pasa con muchas decisiones históricas, que generan dudas y parecen errores hasta que se sabe que en realidad eran tan sencillas que no cabía más que acertar. Como si los que las tomaron lo hubieran tenido muy sencillo.

La hermandad de Nuestra Señora de los Dolores venía de una época en que su presencia en la calle era eterna y muy lenta, con un recorrido sin apenas metros con los que andar, y era de humanos dudar de que en un solo año la cofradía mutase en rápida y ligera. Pero rezarle a la Señora de Córdoba antes de tomar decisiones tiene que servir para algo, y la hermandad se empecinó en que iba a ser capaz de hacerlo y se saltó, o le ayudaron, las vallas de las incertidumbres, las reticencias de las demás hermandades del día y hasta las sospechas de que se avecinaba una catástrofe.

Aquel Viernes Santo de 2008 los cuadrantes no iban con intervalos de media hora, sino de diez  minutos, y las corbatas negras, al ajustarse a primera hora de la tarde, casi no llegaban al cuello pensando en lo que iba a pasar cuando la segunda cruz de guía le tomase el relevo al primer manto bordado en el Patio de los Naranjos. Y sin embargo, todo pasó en unas pocas horas. Por San Miguel, cuando para muchos oídos nacía «Desconsuelo» y empezaba otra historia sonora casi igual de importante, ya había quien sabía que aquel ritmo era el bueno. Por Jesús y María, majestuosa la Virgen, casi nadie miraba el reloj porque no había duda.

Y por fin, mientras se escuchaba «Mater Mea» en la Puerta de Santa Catalina y los nazarenos de rúan negro venían por la calle Judería, todo encajaba con la naturalidad de lo que parece que nunca dejó de ser así, y unos cuantos trajes oscuros se felicitaban con sólo mirarse debajo de la Puerta del Perdón, cerrada al público como parte del muy atestado ya patio. El Viernes Santo con cinco cofradías en la Catedral había sido tan fácil como medir, andar y querer. No sé si muchos lo sabrían antes, pero casi todos se dieron cuenta después de que a partir de entonces de que nada sería lo mismo. Queda seguir rezando para que la historia no se dé la vuelta y lo que empezó con muy justa euforia no acabe con un «no se puede».

Viernes Santo

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