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La capilla de San Álvaro

El péndulo

Beso

Desconfío de las frases redondas que aparecen en las redes sociales sobre la educación. Unas cuantas son melifluas y por lo tanto esconden cosas ineficaces; otras directamente son perjudiciales y las que prometen el paraíso a cambio de un trato riguroso y espartano nunca se las aplican quienes las escriben. La que más se repite es la que dice que educar significa poner límites, que no hay una formación sólida sin un poco de frustración que ayude a aprender que todos los deseos no pueden ser satisfechos. A esta todavía se le pueda dar la oportunidad de hacerle caso, aunque para llevarla a cabo hace falta un difícil equilibrio. El poder emborracha tanto que se puede abusar de él. Hay quien disfruta dando negativas y haciéndose valer, como si la permanente severidad le reforzase, y eso es malo, pero tampoco es buena la permisión constante.

El periodista recuerda por eso aquella mañana de finales de primavera en que subió a un piso del Sector Sur y allí conoció a dos imágenes bendecidas a las que habían echado de su parroquia: el Señor de la Divina Misericordia y la Virgen de las Aguas. Y no ha olvidado el íntimo dolor de quienes tenían que verlo. Hace casi 16 años de aquel día y en la vecina parroquia de Santa Isabel de Hungría, donde se habían bendecido y donde la hermandad quería echar raíces, todavía no tenían la suerte de haber encontrado a un sacerdote cofrade, como ahora. El Obispado no quería oír hablar de que hubiera más cofradías en Córdoba y cortó con dura autoridad todos los proyectos que llegaban heredados del crecimiento de los años noventa. La hermandad del Beso de Judas, allí o en la Consolación, donde tampoco dejaron estar a aquellas imágenes de Manuel Luque Bonillo, no era más que un ejemplo.

Aquel mismo año a la hermandad de la Sagrada Cena se le aplicó la literalidad de un decreto para que en su entonces nueva sede de la parroquia del Beato Álvaro de Córdoba sólo pudiesen estar sus titulares, no los apóstoles (¿repararía alguien en que todos menos uno son santos?) , algunos sacerdotes trataban a los pasos de «estorbos» en Semana Santa, las reglas volvían con correcciones fuertes o se atrancaban durante meses en Palacio y un altar de cultos generoso era el que se dejaba montar junto al presbiterio y no directamente en la capilla propia. Por la Catedral se permitía pasar a cambio de compartir gastos, y se decía que la carrera oficial de la Semana Santa tenía que pasar por allí, pero se decía en abstracto. Algunas de aquellas cofradías a las que no dejaron nacer en aquellos años incluso pidieron iglesias abandonadas, como la ermita de la Consolación en la calle Armas, pero ya entonces el Camino Neocatecumenal podía presumir de un músculo que podía ser menor en número, pero era mucho más fuerte en el compromiso y sobre todo en las preferencias de aquellos tiempos.

Como pasó tras los años 60 y 70, ahora el péndulo ha oscilado a la otra parte, quizá porque quien tiene que educar piensa que debe tener contentos a esos hijos. Las cofradías necesitan algo más que imágenes y un camino más largo antes de que sus reglas se aprueben, pero terminan llegando y hay un día en las vísperas de la Semana Santa para que vayan aprendiendo antes de llegar a la Catedral. Las procesiones de gloria se fomentan sin necesidad de que ningún cofrade piense en que son necesarias y las magnas llegan desde arriba, así que no hay que pedir autorización ni denegarla, como aquella –vaya por Dios- que también se frustró en Palacio para 1999.

Siempre es mucho más agradable que las hermandades tengan culto, capilla, reglas y vida que ver a las imágenes bendecidas refugiadas en una casa como si no fuesen dignas de una iglesia, pero llenar las calles para distraer del vacío de las iglesias no es más que tapar con flores las candelerías malas, porque el destino de las flores, por bonitas que sean, es marchitarse, y encima las calles no siempre se llenan.

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