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La capilla de San Álvaro

El patero del Sábado. Parábola del pregonero, por Javier Tafur Asensio

Puedes creer que no hay nadie frente a ti o puedes creer que el mundo entero te escucha. Ambas apreciaciones son ciertas. Un pregón es un manifiesto que nunca debe traspasar la íntima desazón de quien lo expresa. Como la propia vida, es intransferible. Como la propia muerte, es infranqueable. Un pregón es una confesión de parte que releva de pruebas al auditorio. Sólo la luz cenital sobre el pregonero descubre la verdad del discurso. Rodeado de sombras, el pregonero se traga la suya y se queda estrictamente solo. Y en la soledad sonora reconoce la esencia de su misión: que la fe subsista en la palabra.

Desde el principio, los hombres hemos hecho con las palabras babeles y biblias. Desde el principio hemos maldecido y orado. Desde el principio hemos consumido el don con avidez y soberbia. Desde el principio hemos sabido encontrar también el reposo y la esperanza en ellas…

Esta tarde, Luis, te espera la palabra. La palabra que aún requiere que tu voz la confirme y la esparza. Durante setenta minutos de sed y de sal, tus palabras irán saliendo de tu boca como si te vaciaran del compromiso de haberlas escrito. 

Al cabo, cuando te dejen seco, callarás y repararás en el vaso de agua que la Virgen de la Fuensanta dispuso para ti. Y verás que un sorbo es suficiente y que la fe subsiste incluso en la extrema sencillez del silencio…

Y he aquí que salió el pregonero a pregonar y de sus palabras muchas cayeron junto al atril, otras entre las duras butacas y las pretenciosas plateas, algunas llegaron a los palcos altivos y muy pocas, tal vez las mejores, rebotaron en la cúpula del Gran Teatro y volvieron a él.

Y él las escuchó como si fueran nuevas y se convirtió a ellas… Y, al fin, se preguntó con humildad quién le habría dictado esas pocas palabras que no le habían abandonado, y calló para guardarlas para siempre…

Y entonces Dios vio que su obra era buena.

 

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