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La capilla de San Álvaro

El patero del Sábado. Ánimas, por Javier Tafur Asensio

 

La cuaresma nos recuerda oportunamente que somos polvo, aunque lo seamos, a veces, enamorado. Porque, en realidad, todos vivimos como si fuésemos a vivir siempre. Incluso cuando afeamos esta conducta, lo hacemos con la jactancia del que fuera a vivir siempre. Es decir, como si supiéramos por experiencia propia que es inevitable morir y hubiésemos vuelto para contarlo. Por eso es bueno recordar, al menos una vez al año, que nuestro estado habitual es el de muertos y no el de vivos. Y la cofradía de Ánimas, experta en postrimerías, así lo hace por estas fechas con probada eficacia.

Nadie quiere morir. Ni siquiera la pereza de vivir estimula la vocación de morir. Pero el hecho de intimar con lo macabro parece que nos aliviase del miedo a la muerte. Si vivir es un instinto, morir es un aprendizaje. Filosofar es aprender a morir. Ánimas lo hace desde el idealismo esencial y el Sepulcro desde la lógica existencial. Ambas, desde diferentes estéticas de la resignación cristiana, nos enseñan con pareja elegancia que la vida es sólo la preparación del bien morir.

Desde la cuna vamos creciendo en esta sabiduría. La vida es la progresiva expulsión del paraíso de la inocencia. Nacer es dejarnos solos y a nuestra suerte, que inevitablemente es trágica. Nadie debería nacer. Salvo los condenados. Luego somos condenados… En verdad, lo hemos sabido siempre, aunque no hayamos querido aceptarlo, porque la memoria está más hecha de olvidos que de recuerdos. Somos los ángeles caídos y llevamos el infierno con nosotros…

Aún así, el infierno —la vida— es nuestra casa. No sabemos de otra. Lo peor de la esclavitud asumida es que ni siquiera nos deja querer ser libres. Lo peor del infierno es el miedo a perderlo. De ahí el loable y renovado empeño de Ánimas, dispuesta siempre a demostrarnos que la vida dura tres días. Tres días en los que se desciende irremisiblemente a los infiernos, pero tres días también en los que, gracias a la fe, al barroco, a la cera y a ese singular buen gusto de algunas cofradías, podemos vislumbrar la Gloria…

 

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