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La capilla de San Álvaro

El patero del Miércoles. Lejos, por Antonio Varo

Lo dice un verso de «Cuaresma», sin duda alguna uno de los mejores poemas de Pablo García Baena: «Se oyen lejos trompetas y tambores que ensayan para los días santos…». Era otro tiempo. La Semana Santa anunciaba su inminencia sólo con el gradual aumento de la compañía del sol, con la tibieza de un aire suave que iba arrinconando –poco a poco− los rigores del invierno, con el redescubrimiento de la luz en atardeceres cada vez más lentos y cromáticos…

Hoy parece que, para darnos cuenta de algo tan obvio como que los días discurren por el calendario camino de la Pascua, necesitamos decenas de carteles que sólo sirven para coleccionistas, overbooking de conciertos de marchas a los que van siempre los mismos y festivales y campañas «a beneficio de» quien no ha hecho sus deberes de preparación durante todo un año. Hoy nos creemos que la Semana Santa no es capaz de anunciarse por sí misma, y muchos actúan –actuamos− como si quisiéramos adelantar su llegada con el fórceps de nuestro capricho y a la medida de nuestro antojo. Hoy parece que queremos sentirnos en Semana Santa cuando apenas hemos terminado con los polvorones: sin duda alguna la estamos devaluando, la estamos trivializando, como ocurre quizá con otras citas antaño hermosas que nos deparaba el calendario. Nos perdemos en debates seguramente inútiles, discutimos la conveniencia o no del diseño de tal llamador y no podemos percibir una de las bellezas hondas que tiene nuestra fiesta: su lento aproximarse, su suave acercamiento a los sentidos y al espíritu.

Sin embargo, ella es sabia. Llega siempre un día, entrada la Cuaresma, en que la Semana Santa nos descubre su aproximación y, por encima de la superficialidad de una agenda cofrade abarrotada −es decir, vacía de fondo− planta sus reales delante de nuestra alma y nos hace aspirar en el aire que sí, que es cierto, que viene, como todos los años. Es un aire que tenemos dentro, que conservamos en un rincón recóndito. Y siempre hay una espita que lo libera, sin necesidad de carteles, conciertos ni festivales.

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