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La capilla de San Álvaro

«El Mayor Dolor», verdad sin complejos

Todo había empezado quizá un poco antes, pero cristalizó el Miércoles Santo de 2007. El Calvario salía aquel año de San Pablo por las obras de San Lorenzo, pero a punto de estuvo de quedarse sin hacerlo. Chispeó a primera hora, la Pasión y el Perdón, con el recuerdo fresco de la tormenta del año anterior, se quedaron en casa, y las otras tres se lo pensaron mucho. Si hubo un momento en que la música procesional de Córdoba se sacudió los complejos y explotó de autoestima fue aquel día, en la calle Capitulares. Pocos pudieron escuchar los compases lejanos que llegaban del interior majestuoso del templo cuando la Virgen del Mayor Dolor avanzaba, pero muchos abrieron la boca con lo que pasó después, al salir: «Virgen de las Angustias», de Enrique Báez, hasta entonces marginada; «Expirando en tu Rosario», de Pantión, y «Lágrimas y Desamparo», de Melguizo.

Se había terminado la época en que daba vergüenza tocar marchas de Córdoba y había comenzado el momento en que podían sonar las propias y las ajenas cuando se quería hacer un homenaje. Alfonso Lozano, que entonces tenía 23 años, fue uno de los responsables de aquel paso decisivo que muchas cofradías siguieron después, y quiso dejar para la intimidad de San Pablo, porque el Calvario siempre fue de tocar marchas en el templo para los suyos, quizá la obra que más le importase. Era «El Mayor Dolor», su primera marcha, dedicada a la titular de su cofradía y ofrendada entre la devoción y el afán de aprender en cada nota. Por allí andaba también aquella noche Rafael León, que en aquellos años se desvivía para que los cordobeses apreciasen el patrimonio de sus cofradías y perdiesen el miedo a tocar marchas de Córdoba.

«El Mayor Dolor» la había estrenado la Oliva de Salteras esa misma Cuaresma y no subió a Youtube enseguida, porque tampoco era la época de que todo se grababa y colgaba, aunque quien quiso ya le puso la oreja. Quizá sea una obra primeriza, como su autor ha reconocido alguna vez, pero qué duda cabe de que entendió perfectamente el carácter de su cofradía. Lo hace en el sencillo primer tema, que se expone una vez de forma íntima y otra con la majestad que evoca quizá a Ricardo Dorado y que al oírlo ya hace pensar en el palio de cajón golpeando contra los varales o en la piramidal candelería. El tono meditativo, entre lo triste de las lágrimas de la Virgen y lo lírico, vuelve en el delicioso trío, con una melodía tan inspirada y profunda como bien desarrollada. Quizá sea el momento en que consigue que el oyente se decida a escucharla otra vez, cuando la marcha termina sin efectismos, cerrada en el silencio y a la espera del tambor ronco que acompaña a la Virgen.

A pasos lentos y tranquilos, como la propia marcha, «El Mayor Dolor» se hizo un hueco, su autor ganó la confianza para seguir adelante y hasta sonó detrás de la Virgen de las Angustias algunos años con tanta naturalidad como hermosura y sabor a Córdoba. La banda de la Esperanza ganó contratos todos los días y consiguió que las marchas de la ciudad sonasen. Luego vendría la sonoridad irresistible de «La Sangre y la Gloria» y la magia que hace que las obras se filtren de una banda a otra y lleguen a todas partes. Pero todo tiene un principio y de vez en cuando está bien volver a esa marcha tan sencilla como atinada que suena tanto a la cofradía del Calvario como a las ilusiones de quien no se conforma con soñar, sino que se arremanga para hacer las cosas.

El Mayor Dolor

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