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La capilla de San Álvaro

El fin de la inercia

En las cofradías, sobre todo en las de Córdoba, está difusa la frontera entre la tradición y la inercia. Los que sostienen que una cosa no debe cambiar, aunque dé más vergüenza que respeto, suelen apelar a la tradición, que no deja de ser aquello que se va transmitiendo de una generación a otra, sea bueno o malo. Quienes dudan demasiado terminan por dejar sin tocar las cosas no por convencimiento, sino por una falta de criterio que les hace incapaces de distinguir entre lo que merece conservarse y lo que tiene que terminar para que deje de hacer daño.

La hermandad de Jesús Rescatado ha brindado la noticia más trascendente de la Semana Santa de Córdoba desde la nueva carrera oficial. La importancia de su decisión va mucho más allá del jardín del Alpargate, porque rompe con una inercia y, cuando el próximo Domingo de Ramos salga bien, enseñará a muchas otras cofradías que no tienen motivos para seguir aferradas a arcaísmos y costumbres rancias. El titular siempre tiene que ser que el Rescatado recupera el orden natural de sus pasos, con el Señor delante, pero merece la pena una lectura detenida del comunicado para comprender que la decisión de la Junta de Gobierno está muy bien fundamentada.

Para empezar, se preocupa por los hermanos de la cofradía que visten sus hábitos nazarenos y quieren acompañar al Señor «tanto delante como detrás de Él». Sólo Dios sabe la devoción, la fe y la autenticidad de las promesas que todos estos años lo han seguido, pero la hermandad que procura su culto y hace el esfuerzo de ponerlo en la calle no tiene que perder el sueño por personas que rara vez son hermanos, y por lo tanto no están comprometidos, muchas veces tienen una edad óptima para ponerse una túnica y siguen sus pasos de una forma muy poco espiritual que no incluye ni las privaciones, ni el sacrificio ni el silencio. Nunca he escuchado una palabra más inexacta que la de «penitente» para ellos y ellas.

Tampoco se aparta del Rescatado a todos los que no sean hermanos o no paguen una papeleta de sitio. Bien dice el comunicado que los de «promesa obligatoria», y aquí las comillas pueden tener todos los sentidos que uno quiera, pueden ir con el Señor en el vía crucis del Viernes de Dolores, apenas un par de días antes. Siempre estará la túnica nazarena, que es un privilegio infinitamente más hermoso y hondo que una bulla caótica y tumultuosa más propia de una manifestación que de una estación de penitencia. Ojalá el Rescatado premie a los suyos con unas filas nazarenas bien nutridas.

Igual que otras decisiones de hermandades enseñaron el camino a las demás, la valiente determinación de la cofradía debería hacer saltar la tapa de los miedos a muchas otras, que dicen como trémulos timoratos que son tradiciones lo que no son más que inercias apolilladas y prescindibles. El que hibrida a un nazareno con un acólito, el que para quien carga con la cruz (o el cirio) para seguir o abrir camino a Jesús bajo la anónima dulzura e intimidad mística de la piel espiritual de la túnica tiene el mismo tratamiento (o peor, casi siempre) que para quien se pone de punta en negro, se pinta como una puerta y presume de tipo o taconazos, quizá esté equivocado de sitio y equivocando a los demás.

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