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La capilla de San Álvaro

El expolio

despojado

Jesús Despojado el pasado Domingo de Ramos. FOTO: JOSÉ GALIANA

Las imágenes tienen estas cosas. Los cofrades las cubren de perifollos y aditamentos impostados, las rodean de supuestas ofrendas que en realidad se hacen a mayor gloria de quien quiere acaparar el protagonismo con ellas. Pero las imágenes no se mueven y a poco que su autor les dejara un poco de espiritualidad, terminan por desplegar aquello para lo que sirven. Lo pensaba el otro día cuando me sorprendió una fotografía de un Cristo, herido y a la espera de la cruz, con la mirada humilde y perdida en el horizonte, acaso compadecido, como el Jesús del madero de verdad, del extravío de los hombres, con el mensaje en los ojos de que sigue esperando a quien quiera seguir su camino.

Lo cierto es que yo hasta entonces no había prestado ninguna atención a esa imagen, titular de una pequeña cofradía sevillana con una historia llena de obstáculos salvados. En los dos lejanos Domingos de Ramos que pasé en Sevilla ni siquiera me planteé verla, porque la tarde y la noche son cortas y quizá intuía que andados los años echaría mucho de menos las túnicas blancas de cola y el intacto sabor popular de aquel Nazareno con cirineo. Nunca encontré abierta su capilla de la preciosa plaza de Molviedro.

Hoy aquella cofradía ha crecido, el misterio con el esclavo etíope ya es historia, y las noticias que me llegan de ella la encuentran casi siempre asociada con vídeos en los que el paso anda de forma espectacular al son de la música. Seguramente será puro tópico, la punta del iceberg de una hermandad seria con muchos cofrades que quieren vivir su fe de verdad. No sé si es su forma de destacar en un día en el que estaba condenada a pasar de puntillas, pero ha tenido algo de providencial la mirada compadecida y tierna de Jesús Despojado, como un símbolo de las cofradías de este tiempo.
Hay quien lo desprecia, como yo, en un mar de grandezas que no siempre tienen que ver con la fe propiamente dicha, sino con unas bellezas que pueden llevar hasta ella. Otros, sin embargo, acuden a verlo por esos factores externos, por apreciar o condenar el trabajo de los costaleros, por admirar aquellos sones maravillosos de mi infancia que recuperaron con gaitas y liras hace pocos años, por fijarse en si el andar va a la perfección con la música. Este Cristo y su cofradía pueden ser un ejemplo que trasciende de ellas para hablar de la Semana Santa de hoy, de la que tanto se habla y cuyo sentido se desconoce tan a menudo.

Muchas cofradías, en Sevilla y en Córdoba y en todas partes, viven cercadas por lo externo, rodeadas por un mar de pequeñas vanidades, un pequeño mundo de nombres y de presuntas autorías, un ir y venir de cambios donde parece que la noticia siempre está en la trabajadera o en el martillo, detrás del paso o en el detalle de un tejido delicado que está mejor o peor según las manos que lo dispongan.

Más que enseñar a Cristo, hay muchas veces que las cofradías y los cofrades toman su nombre, pero no lo que significa. Lo tienen como excusa, como invitado para una fiesta donde lo importante son sus pequeños egos, las varas que lucen aunque sea debajo de un capirote, los trajes que llevarán en los cultos, los trofeos que lucirán en el salón, como si fuesen cabezas de ciervo disecadas. Bien entendidas todas estas cosas hacen falta para que la gente pueda admirar a una cofradía; cuando crecen demasiado pueden empezar a hacerla detestable.

Y sin embargo Cristo sigue ahí: dulce, manso, atento a la escucha, lento a la cólera y rico en clemencia, preparando el perdón para sus verdugos a poco que lo crucifiquen, cerca de prometer el paraíso a quien se arrepienta. Tan tierno en la madera como real en el sagrario. Quizá haría falta un expolio de todo lo que sobra, una limpieza que deje lo que hace hermosa y amable a la Semana Santa y limpie lo que la aleja de su ser, el ser que Jesús muestra por encima de todo aquello que pronuncia su nombre y sin embargo se esfuerza en taparlo.

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