ABC

blogs

Blogs en abcdesevilla.es

La capilla de San Álvaro

El enigma Ritton

Cada uno, vaya por delante, celebra su aniversario a su forma, y todos son legítimos, pero la hermandad del Señor de la Caridad ha elaborado un programa de actos exquisito para los 75 años de su refundación como cofradía penitencial, y hay que decirlo. La presencia del imponente Crucificado en el Hospital de la Caridad fue un acierto, la muestra allí mismo muy interesante, las conferencias están llenas de contenido y sorpresas y el esquema se sale del clásico calendario que acaba todo el mundo sabe cómo. Aunque luego todos disfrutemos de ver un paso en la calle, como en la memorable jornada del sábado pasado.

El aniversario de la Caridad se acerca a su fin y la exposición sobre la historia de la cofradía penitencial merece una visita tranquila al Oratorio de San Felipe Neri (el lugar de donde viene la bellísima Dolorosa) y una reflexión. Lo primero se hace admirando su riquísimo patrimonio procesional, el que llevan sus nazarenos rojinegros por las calles, con estandartes que no se parecen a ninguno y varas que levantan una mirada de asombro. Lo segundo queda después de salir, cuando uno ha reparado en la firma que se repite y se pregunta curioso por un nombre que apenas es eso, ni siquiera biografía difundida entre las hermandades.

Jaime Ritton es el autor de los diseños del patrimonio de la caridad: de las pértigas con asidero de plata, del suntuoso estandarte que mezcla el rojo, el negro y la malla y de la finísima vara de hermano mayor. De su lápiz salieron los faldones del paso, felizmente conservados a lo largo de las décadas, los paños de bocinas con sus ángeles, el pictórico bacalao y el estupendo cartel de cultos sobre fondo amarillo, lleno de sabor y tradición, con que la hermandad llama al quinario cuando la Cuaresma empieza a devenir en víspera de la Semana Santa. Todo en apenas unos años, en la década de 1940, cuando las cofradías se fundaban o desperezaban y su puesta en escena era mucho más humilde que la de hoy.

Por aquellos mismos años, con suerte distinta pero igual de bien fundada, dibujaba Rafael Díaz Peno para la Misericordia y un poco después lo hacía Manuel Mora Valle para las Angustias. A ellos se les conocía y se les veía por la calle en Córdoba, pero Ritton es un enigma, una huella genial que hizo buena la frase evangélica: «Por sus frutos los conceréis». Quizá un profesor de dibujo que pasara por la ciudad o alguien que nunca fue más que director artístico de la Caridad, y no era poco. En la exposición quedan la cruz de guía y los estandartes, las dalmáticas que parecen sacadas de un arcón antiguo y el dibujo exquisito de los nazarenos que hace palidecer a los de Hohenleiter.

Termina uno pensando que también en Córdoba hubo genios y gente que dibujó cofradías originales, que no se ciñeron a cierto modelo y concibieron piezas excelentes y reconocibles, con trazos que apenas con un fragmento ya llevan a la obra y a la hermandad a la que pertenece. El tiempo llegó y cubrió de prestigio de purpurina otros enseres y otra forma de trabajar, aquella que de forma extraña quiere que las cofradías sean las mismas de Algeciras a Estambul, como diría Serrat. Los simpecados se hicieron imprescindibles, las dalmáticas se estandarizaron y los ciriales se fotocopiaron. Es curioso, 75 años después el patrimonio de la hermandad de la Caridad, el que concibió el enigmático y refinado Jaime Ritton, es todavía muy superior a mucho de lo que llegó después.

Más blogs en ABC