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La capilla de San Álvaro

El eco de la Cena

 

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De rodillas, Señor, ante el sagrario, como dice el himno, el sacerdote pronuncia una fórmula en aquel musical idioma que alguien definió como “la lengua materna de Dios”, y el fiel que otras veces ha seguido la misa con el ritmo mecánico que dan las respuestas que se saben desde niño, piensa en qué tiene esta misa de rito tradicional que una vez al mes se ha celebrado en San Pedro Alcántara y que ahora pasará a Santa Ana.

A quien quiera hacer una primera lectura superficial le llamará la atención que el sacerdote dé la espalda a los fieles y mire a donde está el Señor, y sobre todo la lengua, heredada de Roma y mantenida viva hasta el día de hoy. Acercarse al misal y leer la traducción de los textos sumerge, sin embargo, en la pureza de un rito que deja de ser burocrático y automático para comenzar a dejar huella en el corazón trémulo del que cree. Hay algo en particular que llama la atención, y es la presencia continua de la contricción -”misereatur tui omnipotens Deus, et, dimissis peccatis tuis, perducat te ad vitam æternam”- y la insistencia en que tanto el oficiante como los fieles se limpien el corazón antes de hacer lo que hacen.

La leyenda negra dio al catolicismo una falsa imagen de enfermiza obsesión por el pecado, un tronar hueco que prometía infiernos y azufres si uno se desviaba de los mandamientos lo más mínimo. No hay que llegar a llenar de plomo los fardos de la culpa, pero cuando uno se arrodilla, escucha la consagración y se eleva el Cuerpo de Cristo, las contricciones y las fórmulas del rito ayudan a comprender la trascendencia tremenda de lo que sucede, el casi eco de la Cena del Señor, y ante algo así no se puede llegar con la gracia a medias.

Hace días, un buen amigo, vecino por cierto en aquella misa de San Pedro Alcántara, me hizo un gran regalo: el libro “Semana Santa de Córdoba”, del claretiano Federico Gutiérrez. La primera monografía sobre las hermandades de la ciudad en 1978, un delicoso viaje en el tiempo a una época que no habrá que añorar demasiado -al menos en la estética- y que gracias a una frase es capaz de resumir por qué han cambiado tanto las cosas en la liturgia. Dice el autor en el prólogo que su obra no es densa, que tiene muchas fotografías y poco texto, y uno, que se dedica a escribir, se pregunta si no estará cansando a alguien con su hábito de contar cosas, ya que otros pretendían lo contrario.

La voluntad del autor de hacer una obra accesible en aquellos años postconciliares es hija de un mismo afán de la Iglesia y de la sociedad de entonces de hacerse más liviana, como si despojar las cosas de la trascendencia, la seriedad y hasta el dramatismo, como si rebajarlas de profundidad y contenido, al cabo, sirviera para que más personas se acercaran a ellas.

Volverán este fin de semana las misas de tono celebrativo y yo me preguntaré si tantas respuestas se dirían de forma automática si uno mirase el interior del corazón, abriese los ojos y comprendiera la importancia de lo que está haciendo.

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