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La capilla de San Álvaro

‘El cirio perdido’, vacuna contra eternidades

Antonio Varo, con un ejemplar de su libro. FOTO: ÁLVARO CARMONA

En las cofradías está bastante extendida una cierta forma de creacionismo, que tiende a ver a las hermandades tal y como se conocen en su mejor momento y a pensar que son atemporales e inmutables. Un buen día se fundaron, al parecer imbuidos sus creadores de una inspiración divina, y desde el primer día en que se pusieron en la calle ya tenían su personalidad forjada, sus tradiciones listas para perpetuarse y empezaban un camino que igual que no había tenido nacimiento formal tampoco tendría final. Hágase la hermandad. Se tiende a abusar del adjetivo eterno, al que cualquiera que use la razón debería tenerle el respeto que se debe a cualquier abismo sin final a la vista.

Eso tiene que ver por un lado por el desarrollo, en la vecina Sevilla, de una historiografía diletante que inventó antigüedades donde no existían y dio por buenos puentes entre un siglo y otro sin que nada los probara, pero por otro también una competencia cultural muy básica (si llega) que igual que engancha al verso fácil y la retórica tan llena de palabras como vacía de contenido, aleja de cualquier análisis crítico y profundo de la realidad de las hermandades. Contra eso lucha, aunque en principio su autor no se lo haya propuesto, el libro que acaba de publicar Antonio Varo. El cirio perdido, como habrá notado cualquiera que haya leído unas cuantas páginas, trasciende mucho de ser las “Memorias de un cofrade joven”, como dice su subtítulo, y aunque su propósito fuese dejar constancia de lo que quedaba en un caudal prodigioso, bien sabrá él que no lo habría publicado si no fuese mucho más. En un nivel superficial es el relato de un cuarto de siglo de vida en las cofradías a través de la misma mirada, que crece con el tiempo: la de un niño al que visten de nazareno y que empieza a interesarse por las hermandades tras los titubeos y miedos iniciales, la del adolescente que asume su condición de cofrade y la vive de lleno en su hermandad y la del joven que al mismo tiempo que madura en la vida, trabaja y se casa también asume responsabilidades cada vez mayores en su cofradía.

Sí, es cierto que se habla de la Misericordia, la hermandad del autor, más que de ninguna otra, y que los textos responden a los recuerdos de Antonio Varo, pero gusta saber de lo que pasa en el interior de la cofradías, de los avatares y sinsabores, de los nombres propios con que están escritos lo lazos entre hermanos cofrades. Ahí está una de sus verdades más profundas. Los cofrades que se han criado en la era de internet, y que por lo tanto están acostumbrados a no tener más referencia que los datos de las páginas web de las hermandades, sabrán entonces que había épocas en los años 60 que las hermandades dejaban de salir por la precariedad de sus medios, o que lo hacían con mucha modestia. Se enterarán de que era muy rara la presencia de música en las procesiones, y que hasta bien entrados los años 80 sólo iba una banda y casi siempre en cabeza. Los cofrades que pisaron Sevilla en los años 70 supieron entonces que existían Amarguras y Virgen de las Aguas, porque no había ni discos ni conciertos, y estaban mucho más acostumbrados al andar monótono de los pasos a ruedas, mayoritarios entonces, que a los que iban a hombros de honrados faeneros antiguos, que por cierto se echaban encima muchos más kilos aunque bebieran y fumaran debajo del paso sin el menor pudor. No había tantos relatos de vivencias como hoy, y quizá por eso puede el autor contar, en uno de los mejores episodios del libro, que no necesitó ni ripios ni condicionantes previos cuando la Esperanza de Triana, sobre el trémulo puente, le quiso obsequiar con una experiencia trascendente.

Quienes desbloquean el teléfono y conocen todo lo que sucede (o en la mayoría de los casos, lo que las hermandades quieren que se sepa) quizá no se crean que hubo una época de apagón informativo absoluto contra el que luchó un grupo de cofrades sin más premio en principio que el de conseguir que hubiese más gente que conociese a las hermandades cuando la ciudad más que nunca les daba la espalda. Las cofradías no viven en un entorno aislado, como si fuesen reliquias del tiempo que salen a calle una vez al año, y por eso es importante conocer los cambios descontrolados que trajo consigo el Concilio Vaticano II y resulta un documento impactante el inventario del expolio que se hizo en la iglesia de San Pedro en los casi tres lustros que estuvo cerrada, cuando volaron retablos, imágenes y hasta la histórica lápida de los Santos Mártires se trató como si fuera un escombro. Y de propina los portazos que se llevaron la Misericordia, las Penas y la Soledad cuando tuvieron que buscar sede.

El cirio perdido es lo que se cuenta y lo que no se cuenta: la historia de quienes revolucionaron a las hermandades por dentro y llevaron una actividad durante todo el año que poco antes no se soñaba, pero también quien quiera mirar en los silencios y en las cofradías que apenas aparecen sabrá quién en aquellos años gestaba lo que le pasa hoy. Los que a partir de ahora no conocerán otra carrera oficial que la definitiva, la de la Catedral, sabrán cómo empezó a nacer, treinta años antes, el Viernes Santo de 1986, cuando el Santo Sepulcro puso rumbo al primer templo; los que, ya adultos, soñaron con ella, conocerán que se llegó a esa meta igual que se llegó a otras relatadas en el libro; y los mayores, protagonistas o testigos de tantos prodigios, suspirarán leyendo.

Le queda a Antonio Varo ahora deshojar la margarita de continuar y seguir vacunando contra las tentaciones de eternidades falsas. Con lo que le ha quedado, no debería tener dudas de continuar relatando, aunque desde 1986 perdiera cierta inocencia. Y ojalá, como dice Adso de Melk al principio de El nombre de la rosa, su mano no tiemble para relatar lo que sucedió después.

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