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La capilla de San Álvaro

Dios en los detalles

No tengo muy claro si hay que pasar haciendo las cosas bien y de puntillas, pues bien se sabe que Dios es quien tiene que hablar por ellas, o si conviene que el ejemplo y lo bueno corra. En las cosas de la fe hay riesgo de envanecerse, y bien se cuidaron los mejores santos de querer en la vida honores que bien sabían que no eran para gente como ellos. Juan de Mesa, dije aquí no hace mucho, había puesto tanto divino en sus imágenes, que se había olvidado de ponerse a sí mismo, y eso lo acercaba todavía más a los altares que merece.

Hubo un tiempo en que en las cofradías no importaban los nombres. Al modo de aquellos hacedores de la Semana Santa de que hablaba Carlos Colón, poseídos por un espíritu sabio que ya intuyó Manuel Chaves Nogales, había muchos que obraban el milagro y después se retiraban al hábito y el capirote sin querer que nadie mirase más que a sus imágenes. Las crónicas viejas se olvidan muchas veces de sus nombres, pero Dios habrá sabido pagarles por su esfuerzo. La moderna sociedad de la información es de nombres, y los cofrades, que en ella viven, ya demandan conocer qué mano pone una flor, quién maneja el lápiz del que surgió un dibujo o qué impulso lleva un martillo para que un paso se eleve y camine. No es ni malo ni bueno, ni habrá que fomentarlo más de la cuenta ni tampoco querer podarlo, porque además será imposible.

La hermandad de la Oración en el Huerto ha organizado un cariñoso homenaje a Luis Miguel Carrión «Curro» por su cuarto de siglo llevando a la Candelaria y hay quien al mirarlo se hace preguntas. Dudo muchísimo que el protagonista haya aprovechado la ocasión para envanecerse, pues se nota que es hombre más de hechos que de palabras, y que tampoco se sentirá cómodo con el halago excesivo, aunque sí con el reconocimiento del trabajo bien hecho. Quien piense que se desvirtúa la esencia religiosa por prestar atención a los detalles está en su derecho de llamar la atención, y hará bien si los flecos eclipsan lo esencial. No tengo muy claro si aquí prima que la luz alumbre a los que están en la casa o si conviene que la mano izquierda guarde derecho.

Sin embargo, el cofrade sale a las calles en Semana Santa para darse al disfrute de la belleza de las imágenes, para no darse cuenta de que hay flores en el calvario de claveles, de tan bien puestos como están, para dejarse embriagar por la música y para que la suma de todas esas cosas con el andar de los costaleros, sobre la piedra angular de la fe, termine por hacerle pensar que Dios está en la belleza. Hubo un tiempo, como recordó el maestro Antonio Burgos, en que nadie conocía el nombre de los capataces aunque fueran los más grandes con las cuadrillas míticas de tipos incansables sin relevos ni alivios. Ahora sí se sabe, y creo que no estará mal admirar a Curro, y también a Lorenzo de Juan, Javier Romero, Pepe Fernández, José Luis Ochoa, Enrique Garrido, Juan Rodríguez, Fernando Chiachio y todos los demás de ahora y de muchos años antes, y a su gente, si con eso sembramos que el día de mañana haya más como ellos. Sólo echándolos de menos en un futuro que no queremos sabremos lo mucho que nos gusta que lo hagan tan bien que a veces ni siquiera haya que reparar en ellos.

Entretanto estará bien encontrar la belleza del nazareno y ganar a más gente que la disfrute, pero ya que se habla de Curro, confesaré que muchas veces que subo la calle de la Feria se me aparece en la imaginación a la Virgen de la Candelaria en un ascender etéreo y cuajado de equilibrios mientras me suenan «Hiniesta Coronada» y «Macarena».

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