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La capilla de San Álvaro

Cuaresma sin ceniza

Antes todo estaba claro al comienzo de la Cuaresma: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Memento homo. Todo es pasajero y hay que vestirse de ceniza para recordar que algún día se parará la respiración y habrá que rendir cuentas, y nadie tiene garantizado ni un solo segundo más allá de aquel en el que vive. Convertirse, mirar hacia adentro, volver al Evangelio, poner la palabra en práctica, no es una opción, no es aquello para lo que hay que buscar un hueco entre un concierto y un ensayo, sino la obligación del que entienda a las imágenes que tiene delante.

Quizá si hubiese conciencia de que no dejamos de ser muertos a la espera de conocer el día en que llegaremos al sudario, la Cuaresma dejaría de ser un tiempo de felicidad, un descontar de días mientras la luz crece de una forma tentadora y hay algo que empuja a pisar las calles y disfrutar de ellas. En algún momento pudieron unirse las dos cosas: la oración en la iglesia y el momento en que se espía el atardecer sin final, los cultos llamando poderosos a la reflexión y el despojarse de los abrigos con el presentimiento de una resurrección hacia la vida.

Estos años son de una espera que no es paciente, sino anticipada, que no confía en que llegue, sino que sale a buscar y al no encontrar lo remedia con sucedáneos, con las cornetas al sol de un domingo, con una iglesia que sólo se visita para un besamanos, con una papeleta de sitio que nunca se pondrá al lado de una túnica, porque la desprecia. Es el tiempo de los que dicen feliz Cuaresma, de los caminos por los besapiés como si más que búsquedas espirituales fuesen las rutas de una gymkhana, exposiciones que hay que mirar con el gesto avinagrado de un crítico de arte y no de quien por la estética asciende a la divinidad.

Seguramente llevarán razón los que evitan mirar a nada que no sea su propio hedonismo, los que no entienden que alguna vez sus cuerpos jóvenes tendrán la consistencia volátil de la ceniza. La preparación para una Semana Santa que se vive cruzando entre las filas de nazarenos, chismorreando delante de los pasos, mirando a las imágenes a través de las pantallas y buscando las esquinas donde suenan las marchas del momento quizá no se puede hacer más que con esa feliz Cuaresma de parihuelas sin nada encima, conciertos repetidos y besamanos de los que uno se escapa en cuanto empieza la misa.

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