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La capilla de San Álvaro

Cuando la Semana Santa se puso de pie

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Por JOAQUÍN DE VELASCO

Antonio Varo firmaba esta semana un interesante artículo titulado “Cuando la Semana Santa tocó fondo”, que refería los múltiples problemas y carencias de las cofradías cordobesas a principio de la década de los sesenta.
Con ese toro puesto en suerte, no nos resistimos a dar algunas pinceladas sobre cómo, tras unos años inciertos, la Semana Santa de nuestra ciudad se revitalizó. Y es que, si bien en la etapa inmediatamente anterior habían desaparecido, siquiera brevemente, cofradías como el Huerto o el Santo Sepulcro, y otras como la Expiración languidecían casi sin cortejo nazareno, lo cierto es que el periodo final de los años setenta y la década de los ochenta conformó, con sus aciertos y sus errores, gran parte de la Semana santa que hoy conocemos.
El caso es que, analizando el momento, cabría haber pensado que un cambio de régimen y el paso a un estado aconfesional terminaría por apuntillar el mundo de las cofradías. Sin embargo, contra ese pronóstico, se vivió un proceso de renovación que marcó el devenir del movimiento cofrade. Poco antes se habían reorganizado las cofradías del Huerto, Nazareno y  Sepulcro (que realmente sólo estuvo disuelta unos meses), y se habían fundado las del Buen Suceso y la Soledad. A ellas se sumaron los gérmenes de las que con el tiempo serían las cofradías de la Agonía, la Sangre, la Santa Faz, la Vera-Cruz, la Estrella la Piedad de las Palmeras o la Cena. Se cambiaron las formas de procesionar. Se sustituyeron por costaleros las entonces dominantes ruedas. Se recuperó el acompañamiento musical que algunas cofradías habían perdido y se incorporaron pasos de Virgen a los cortejos ya existentes. 
Podríamos encontrar factores puntuales, como el nacimiento de las cuadrillas de hermanos costaleros y la atracción, con ello, de la juventud a las cofradías. Pero más probablemente la renovación se produjo por la confluencia de una generación de cofrades con energía e iniciativa, y decidida a trabajar duro por las hermandades. Una generación variopinta, que no estuvo exenta de errores e imprecisiones, de dudas y pasos en falso, incluso de decisiones que hoy nos asombrarían por descabelladas, pero que tenía la ilusión por bandera y no cejó en su empeño por levantar el movimiento cofrade.
Por eso es de justicia reconocer el esfuerzo de esos cofrades, cada uno desde su particular campo de influencia. Desde el gobierno de cofradías o de la propia agrupación, como Rafael Zafra, José Murillo Rojas, o José Guerra Montilla. Desde el mando de las antiguas cuadrillas profesionales y su transición a los hermanos, como Ignacio Torronteras o Rafael Muñoz. Desde juveniles vocalías en juntas  en las que peleaban contra molinos de viento, como Manuel Herreros o Lorenzo de Juan. Desde nuevas formas (nuevas en nuestra ciudad) de mandar los pasos, como Javier Romero o Fernando Morillo-Velarde. Desde el impulso renovador y el diseño, como Fray Ricardo de Córdoba, o desde la crónica cofrade en medios de comunicación, como el propio Antonio Varo. A ellos, y a muchos más no mencionados, debemos expresarles nuestro reconocimiento.

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