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La capilla de San Álvaro

Crucificado

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El Señor de la Caridad, durante el Via Crucis del primer sábado de Cuaresma FOTO: ROLDÁN SERRANO

Desde que tengo uso de razón, y por lo tanto desde que estoy interesado en la Semana Santa, me ha sorprendido la insistencia con que se ha querido poner entre paréntesis a las imágenes y en concreto lo mucho que se ha intentado dejar la Pasión a un lado, como un requisito imprescindible, pero menos importante, para no dejar de hablar de la Resurrección.
«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra Fe», dijo con razón San Pablo, pero la certeza de que llegará la noche luminosa de la Pascua no podía servir como coartada para una liturgia ligera y celebrativa, que parecía olvidar la crudeza de la Pasión y la Verdad de Jesús colgando en el madero. «Sólo conozco a Cristo y a éste Crucificado», dijo también San Pablo, mientras aquel carmelita humilde que voló tan alto con el espíritu y las palabras recomendaba «no buscarlo nunca sin la cruz». Sin Resurrección no hay fe, pero el Señor redimió los pecados en el castigo infamante de la crucifixión, y esa muerte tan cruda como simbólica, la del árbol que parece nacer de la tierra, encierra parte del impacto que causó en todos los tiempos la muerte de Jesús.
Con el tiempo aprendí que hay muchas clases de Crucifijos, y que siempre debe haber uno, sea de bulto redondo y grande o una pequeña imagen metálica sobre el altar, allí donde se celebra la Eucaristía. Después supe que el único sitio en que se quiere que la Pasión pase a segundo plano no son ciertos templos. También las cofradías pueden caer en el vicio de sacar a las imágenes a la calle para después conseguir que todo sea más importante que ellas: un toque de corneta en un momento, no sé qué de unos pétalos que vuelan desde un balcón o la forma en que andan los costaleros. Cosas importantes todas, y que si no estuvieran, o estuvieran de una manera que no fuese digna, se echarían de menos, pero al fin y al cabo secundarias y prescindibles.
Más que nunca lo son algunas veces, ciertas tardes de Cuaresma donde se diría que la luz está de la forma que hace nacer a los nazarenos, pero la espiritualidad se hace más desnuda que nunca. Son tardes como la del sábado pasado, cuando todo gira alrededor de un Crucificado. Lo vimos en otoño imponente, desplegado con majestad hercúlea en el lugar en que se le veneró durante siglos, y esta Cuaresma el Señor de la Caridad ha ido a la Catedral, impresionante en la fuerza de su presencia y de su expresión, capaz de llenar a la vez calles y corazones, uno de los puntos más bellos de cada Semana Santa de Córdoba que visitó el hermoso corazón espiritual de la ciudad.
No tuvo esta vez más acompañamiento que la sugerencia mística de la música de capilla, ni más compañía que las hermandades, sus cofrades y sus devotos. La imagen desnuda, sin los claveles, por otra parte imprescindibles, del Jueves Santo, tan cierta como la Verdad de la Crucifixión de Cristo, y sin embargo llena de emoción y de hondura. De vez en cuando, al despojarse lo que no corresponde, sean andares o solos de música, u otras cosas queda lo que de verdad importa: el Crucificado.

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