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La capilla de San Álvaro

Cristo contemporáneo

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¿Qué diría San Juan de la Cruz, que soñó un alma “con ansias en amores inflamada” saliendo a escondidas de la casa buscando a Dios en la noche espiritual en que le llamaba? ¿Qué dirían quiénes se alumbraban con la sed para encontrar la fuente “do mana el agua pura”? ¿Qué pensaría Santa Teresa cuando decía morir por no morir y encontrar tras aquel paso terrible a Aquél que le había llevado toda la vida por un camino de perfección para encontrarle? En Santa Ana todo está al trasluz y es Dios quien busca al hombre.

“Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Tan precioso eres para mí que tengo sed de ti”. En su noche oscura, la Madre Teresa de Calcuta escuchó estas palabras de Jesús y cómo sabía que sólo se le podía buscar Crucificado ahora está en la madera para confirmar que detrás de la segunda persona del singular están cada uno de los cristianos que no pueden escuchar o hasta persisten en hacerse los sordos.

Este Cristo que ahora descuelga de la cruz de hierro oxidado el brazo derecho no podía advocarse más que de la Sed, porque busca y habla del ser humano del siglo XXI que parece haberse olvidado de Dios y tiene que ver cómo Cristo le llama por su nombre desde la cruz. Miguel Ángel González Jurado, que supo apreciar el trabajo de los genios del barroco y llevarlo a su terreno y que hace mucho que no se ha resignado a aportar detalles a lo que dejaron hace siglos unos colosos insuperables, ha labrado ahora una imagen para la gente de hoy, tanto para quienes dejaron de acercarse a las iglesias como para aquellos que a lo mejor lo siguen haciendo con un poco de rutina, y que en el Cristo de la Sed encuentran a un Jesús del madero trascendido y lleno de la fuerza del símbolo, tan cercano como el que predicaba en la montaña. Ni abstracto ni demasiado dulce a fuerza del abuso de la piedad.

Reclama este Cristo de la Sed el silencio de quien tiene que escuchar muy bien y la reflexión del que sabe que debe prolongar la fuerza de aquel brazo descendido. Lleva quizá algo del Nazareno que tiende su mano a las mujeres y puede que haya aprendido de la verdad rotunda del Cristo de la Universidad. Las piernas vencidas reclaman la cercanía del genuflexo que quiere saber lo que le pide a través de la mirada con la que sufre menos por su tormento que por el extravío de los humanos. Y aunque se despoje en mística granadina, como dice su autor, tampoco evita la paz montañesina en el diálogo que ofrece en la calma de la iglesia casi vacía.

Hasta la cruz asimétrica de hierro oxidado, como el paisaje de una sociedad desengañada de lujos y espejismos, dice que el Cristo de la Sed servirá algún día para contar cómo eran los hombres y mujeres en los años perplejos y trémolos del siglo XXI. Dentro de poco, las Carmelitas Descalzas se lo llevarán al oratorio y antes de que ellas pidan sin descanso por el mundo enloquecido, este Jesús de hoy que ha esculpido Miguel Ángel González Jurado seguirá escuchando en la iglesia las cuitas y contradicciones de sus contemporáneos sin cansarse de esperar por más que le respondan con vinagre.

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