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La capilla de San Álvaro

Costaleros, por Joaquín de Velasco

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Habían empezado en los años de plomo. Años duros, con huecos bajo las trabajaderas. Años de mármol a mármol. Años de costal pequeño, de salidas de rodillas que hundían a las cuadrillas ya en la puerta, de técnica justa, de esparto en los pies, de sangre en el cuello. De ganar metros a toda costa, porque el paso andado era un paso menos.

Años, sin embargo, de entrega y sacrificio. De compañerismo. De devoción. De sentirse costaleros de una hermandad y una imagen. De encerrar su cofradía y, sin tiempo, ir a echar una mano a los que pudieran pedírsela en otra, en la que encontraban bajo los pasos a otros como ellos, con su mismo costal pequeño, su mismo esparto, sus mismos huecos, y su misma entrega y devoción.

Se sentían especiales, sí, pero solo por el hecho de ser los que tenían el honor de portar la imagen de su devoción. No les faltaba afición, pero nunca pensaron en su labor como un trabajo. Sentían que estaban realizando estación de penitencia, del mismo modo que los nazarenos con cirios o atributos que les precedían en el cortejo.

Asumieron con agrado lo que otros pudieran enseñarle. No rechazaron los consejos oportunos, porque eran conscientes de sus defectos, tenían la mente abierta, y sabían que quien se los daba lo hacía de corazón y con conocimiento. Sin embargo miraban con cierto recelo extrañas modas que iban surgiendo. Y así, poco a poco fueron creciendo. Fueron aprendiendo la técnica más correcta, el tamaño más apropiado del costal y su adecuada colocación. Fueron incorporando nuevos compañeros, recibiéndolos sin superioridad, enseñándoles lo habían ido aprendiendo. Inculcándoles el legítimo orgullo de sentirse elegidos. Introduciéndolos no solo en la cuadrilla, sino en la hermandad.

Pero el tiempo les ganó la mano. Un tiempo, que además les llevó a ver a otros costaleros dispuestos a portar con la misma convicción un piano de cola que un paso de palio. Dispuestos a diferenciarse de los compañeros de otras cuadrillas, no por el color de una camiseta, sino por la adopción de una estética diferente y llamativa hasta el extremo. Dispuestos a llamar trabajo a lo que ellos, ilusos, entendían penitencia. Dispuestos a convencer a quien hiciera falta de que una cuadrilla que no iba doblada no era realmente una cuadrilla. Dispuestos a cambiar de paso y cofradía de año en año. Dispuestos a mirar por encima del hombro a quienes llevaban años de sufrimiento porque su técnica quizás no era aun perfecta, o su número escaso.

El tiempo les ganó la mano, y se sintieron cansados. Y vieron que les costaba cada vez más trabajo cumplir fielmente con su cometido. Que ya no eran necesarios. Que les había llegado su momento. Y asumiéndolo sin tristeza, cambiaron su costal por la túnica, y siguieron acompañando a su titular, realizando su estación de penitencia, como habían hecho todos esos años.

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