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La capilla de San Álvaro

Costaleras y tomatazos

Costaleras

Mala cosa es cuando a la Semana Santa miran quienes no le prestan atención nunca. Si un medio de comunicación la quiere ver desde Madrid, pueden pasar dos cosas: que se limite a repetir una sarta de tópicos falsos o superficiales (si es que no ayuda nadie que sepa de verdad) o que haya un asunto desagradable en torno a las cofradías. En Córdoba pasó hace justo diez años, cuando media España, o menos de media pero con un altavoz estupendo, se preocupó por la suerte de dos personas que se habían quedado sin trabajadera.

Pasaron muchas cosas en 2007, hace ahora diez años. Llovió casi todos los días y se estrenó un paso que dejó a todo el mundo con la boca abierta, pero para esos profanos, de las afueras físicas o intelectuales, fue el año de las costaleras de la Virgen de los Dolores. La historia es conocida: hasta 2006, en las trabajaderas del paso hubo varias mujeres que compartían hueco con los hombres. Desde el año siguiente, con la llegada de la nueva Junta de Gobierno que presidía Manuel Herreros, se quiso evitar una cuadrilla mixta y se invitó a las costaleras a que hiciesen un grupo exclusivamente femenino, que se alternaría con los hombres. No quisieron o no pudieron, y se quedaron sin sitio. El asunto se movió con astucia por los medios de comunicación, saltó pronto a donde podía tener más eco y durante varios días los magazines matinales de la televisión, y también las opiniones de quienes nunca habían visto un paso ni en fotos y el coro estridente de eso que se llama opinión pública, quisieron entrar a arreglar del desaguisado, a frenar el machismo patriarcal, a reparar la injusticia con dos devotas a las que se les privaba de su “derecho” a salir de costaleras por el simple hecho de ser mujeres. Qué morbo, qué carnaza, qué filón.

En aquella infernal semana hubo que escuchar a quien defendía a las famosas costaleras al mismo tiempo que criticaba con saña a las cofradías, se vertieron opiniones en tertulias con toda ignorancia pero con el cuajo del que está bien informado y hasta alguien temió que hubiera debate en el Congreso de los Diputados. Fueron días de algo que todavía no se llamaba “feminazismo”, pero que tuvo ya bastante de la vara de medir perversa y asimétrica con que actúa esa ideología capciosa y retorcida: los mismos (y las mismas) que criticaban que hombres y mujeres no pudieran compartir espacio a la vez debajo de un paso aplaudían que las costaleras de la Virgen de la Encarnación, pioneras heroicas de verdad en los años 80, tampoco estuviesen dispuestas a admitir a un varón.

Como pasa con el champán, la espuma subió muy rápido y desapareció enseguida. Las cámaras de las televisiones privadas no han vuelto a querer filmar la decisión de un Cabildo de Gobierno ni a buscar cabezas femeninas debajo de un costal un Viernes Santo en Córdoba, pero en ese poco rato hubo muchos que se retrataron. Hubo quien puso a su cofradía a recibir tomatazos por darse otro sorbo de la siempre adictiva trabajadera, quien compró los tomates sin pensar en que se iba a manchar las manos y quien se alejó temblando del escenario para que no le manchasen el negro inmaculado.

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