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La capilla de San Álvaro

Complicarse la vida

En estos tiempos en que el ego de quienes no tienen nada que hacer se infla con un par de retuits, puede pasar que el nacimiento de una obra maestra se oscurezca con una polémica de hermanos mayores pagados de sí mismos y tertulias opositoras que se embarcan en lanchas que no son capaces de pilotar. Yo no voy a entrar en lo que pasó o dejó de pasar porque de esa hermandad de Huelva ni siquiera conozco el rostro de su titular, pero sí que me pareció muy amargo que tanto ruido haya borrado el interés en una pieza magistral que se ha hecho en Córdoba, y en la que su autor se ha empleado tan a fondo que ha excedido con mucho lo que le iban a pagar por ella.
Sí, lo confieso. Aunque hace más de veinte años que sigo su trabajo y le tengo por uno de los mejores bordadores de Andalucía desde Esperanza Elena Caro (y no le quito el «uno de los» por respeto a otros, no muchos) la túnica de Francisco Pérez Artés me dejó con la boca abierta, desde las hojas vegetales tan movidas que parecen tener vida individual propia hasta el finura de la cenefa y el abanico multicolor de piezas que se reparten por todo el terciopelo aunque también hubiera peleas con el color. Por suerte en Córdoba cada vez hay más y mejor bordado en oro fino, pero sólo él, y ahí está la túnica del Señor de la Sentencia, es capaz de semejante nivel, de esa arquitectura de cartulinas, hojillas y puntadas para convertir su honrada artesanía en el arte de un creador auténtico. Dice el bordador que la interpretación superaba en más de un tercio el presupuesto para la túnica, pero que lo hacía ilusionado por ser su primer trabajo para Huelva, la ciudad en la que nació aunque ya le tengamos por cordobés. También en la voluntad de aquello que el pintor Antonio Povedano llamaba saltar por encima de su propia sombra, es decir, de superarse a sí mismo, de hacer una que sienta que le hace justicia al arte aplicada del bordado. La voluntad de no conformarse con cumplir.
Y en realidad todo es profundamente triste. En tiempos en que la mucha demanda de cofradías de todas partes ha generado una industria con una estupenda gama media, los que se salen de la norma, los que buscan en el ingenio y se complican la vida aunque sepan que nadie les recompensará como se merecen, se ven en la injusticia de que no hay muchos que sean capaces de apreciar la grandeza de lo que hacen. Porque igual que una pieza al alcance de muy poquitos, si es que está al alcance de alguien, ha pasado ensordecida por una polémica garbancera, tampoco faltarán ojos que no sean capaces de distinguirla de un bordado aliviado o hasta de un vulgar tisú.
Me pasa algo parecido con el compositor pontanés Antonio Moreno Pozo, un espíritu creador indomable que se empeñó en caminar por senderos vírgenes en cada marcha y que si tiene aplauso es minoritario y selecto, de oídos bien educados que saben lo que escuchan y lo agradecen. Las cofradías, que un día ya muy lejano se subieron a la ola imprevisible de las innovaciones, siguen girando con los caminos comerciales más trillados, como si la tradición sirviese para vestir de oropeles a los ídolos del conformismo y la pereza mental.
La historia, fuera y dentro de las cofradías, está llena de estas incomprensiones. Cuando se habla de la Virgen de las Angustias hay quien recordará aquellas décimas grimosas y copiadas de algún lado, y ni por asomo de Federico García Lorca, pero nadie habrá reparado en la sobrecogedora Quinta Angustia, que sí escribió para Ella Pablo García Baena con tanta emoción como perfección poética. ¿Cuánto tiempo estuvieron las marchas de Germán Álvarez Beigbeder amarilleando sin que acercasen a ella más que algunas bandas militares? Todavía hoy ese corpus de obras inaccesibles sigue más como una colección de museo que como algo que debe emocionar en la calle.


Quizá sea que el artista sólo lo es cuando avanza tanto que no se puede apreciar su grandeza y hay que distanciarse, como le debió de pasar a Juan de Mesa en su época en que su obra era una vanguardia, pero al menos habrá que dar gracias si tanta bajeza de miras no les hace desistir. Todavía será honroso lo minoritario si eso es signo de que el autor ama a su trabajo por encima de la aceptación popular.

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